Disfrutaba de nuevo de una de esas sensaciones que hacen que uno se sienta vivo, esa sensación tan maravillosa que te abre los ojos a la realidad de quien eres, la de sentirse como un perfecto estúpido. Me encontraba parado delante de tu puerta con una bolsa de medio kilo de aromático café recién molido que acababa de comprar para una comida que tenía ese domingo, y dudaba si pulsar el timbre, que me miraba con una medio sonrisa, desafiándome, llamándome cobarde. Y así, sin avisar, se fue la luz y abriste la puerta, todo a la vez. Al menos tenía el dedo índice de la mano derecha adelantado hacia él, gracias a lo que mi situación fue un poco menos ridícula.

– Hombre, ¡qué sorpresa!

– Eh, sí…- Dije, sin saber muy bien qué excusa dar. Y el café, vestido de superhéroe, vino a mi rescate.- Te he traído esto.- Le di el café de mi fiesta.

– ¡Hala! ¡Qué majo! Pero no te quedes ahí fuera, pasa y te preparo uno.- Sonrió y nos abrazamos. Y me olvidé del café.- Pasa a la sala y espérame, que voy en un par de minutos, ¿vale?

– Vale.

Dejé mis zapatos a la entrada y pasé a la sala, a esa sala en la que apenas había estado un par de veces y a la que ya le había cogido mucho cariño. Me asomé a la ventana; era un día soleado y todavía un poco frío. Algunas nubes ocultaban el sol, todavía débil y los chavalillos jugaban ruidosos en los columpios, disfrazados involuntariamente de cebollas bajo capas y capas de ropa. Se veían los primeros brotes verdes en las ramas de los árboles del parque y se respiraba tranquilidad en el ambiente. Sí, podría decirse que era un día hermoso.

Me giré y me senté en el sofa, dejando mis guantes sobre la mesa de cristal. A la derecha, una televisión apagada devolvía mi reflejo oscurecido y, justo enfrente, un poco por encima de la línea de los ojos, tu cuadro favorito me miraba. Sonreí, recordando toda la guerra que te había dado… Enmarcarlo de tal o cual manera, subirlo, bajarlo un poco… Negué suavemente y me quedé disfrutando de su alegría, sus colores y sus vistas al mar.

No sé qué sucedió; puede que me quedara dormido, o cualquier otra cosa extraña. La música francesa que sonaba ligera en la sala cuando me senté fue suplantada, poco a poco, por música de jazz excelentemente interpretada en directo. Abrí los ojos y, efectivamente, a mi espalda se encontraban cuatro músicos: Tal Wilkenfeld, Hiram Bullock, Bebo Valdés y Chad Smith tocaban un jazz tranquilo, sin grandes florituras, creando un ambiente especial. Me levanté del sofá, que seguía siendo el mismo y miré alrededor. A mi espalda, aparte de la banda de música, había una ventana. Me asomé a ella y ví tu sala tal y como se vería desde dentro del cuadro: una mesa con cuatro sillas a la derecha, un pequeño sofá cerca de la mesa sobre la que seguían mis guantes al lado de un puñado de revistas sobre las que había aparecido un libro de portada naranja, la tele a la izquierda… Y donde estaba el sofá, un hueco que parecía inmenso. Claro, el sofá había viajado conmigo.

Me giré. Tal Wilkenfield me guiñó un ojo medio escondido entre su cascada de rizos rubios, con una sonrisa pícara. Miré con envidia sus evoluciones sobre el mástil de aquel viejo bajo fender. Ella hizo un gesto, ofreciéndomelo, y negué rápido con la cabeza… Menudo stress compartir escenario con aquellos monstruos…

Caminé despacio hacia las mesas, mirando descolocado a todas partes. Las conversaciones se sucedían tranquilas, los camareros revoloteaban alegremente sirviendo cafés que olían de manera extrañamente parecida a aquel que yo traía… Y allí, en la mesa de la esquina de la izquierda, estaba ella; una chica pelirroja de ojos azules, reflejo del mar que se veía a través de los grandes ventanales en aquel extraño atardecer. Me acerqué a su mesa, despacio. Levantó la vista y me sonrió.

– Vienes tarde, ¿no crees?.- Miré mi reloj, que no marcaba ninguna hora; en la pantalla digital aparecían dos palabras: “Too Late”.

– Ya. Supongo que he venido cuando he podido.- Contesté, sin saber muy bien que decir.

– Al final, todos os dais cuanta tarde. Cuando las cosas ya no tienen remedio. Intentáis cambiar las cosas, pero el tren del destino sólo pasa una vez en la vida. Y hay que cogerlo o dejarlo pasar.- Me miró a los ojos; los suyos parecían fríos, como el hielo. Me estremecí.- Correr detrás, por encima de las vías, no sirve de nada.- Continuó, enigmática.

– No, si yo sólo…- Me interrumpió.

– A veces, si tienes mucha, mucha suerte…- Miró por la ventana. Dió un sorbo a su café, cortado, un par de vueltas a la cucharilla y dejó la taza sobre el plato. Se quedó en silencio, como si yo no estuviera. La miré intrigado, esperando la continuación de la frase, que no llegaba.

– ¿Si tienes mucha, mucha suerte…?- Me atreví a preguntar, inclinado levemente hacia un costado, con miedo a molestar. Se giró, con gesto serio.

– A veces, si tienes mucha mucha suerte…- Prosigió, en voz baja. Noté que el mundo temblaba, presa de una fuerte agitación que me atacaba por el hombro.- … pasa una…

Abri los ojos. Alguien me agitaba, para que me despertara. Oí una voz.

-… segunda vez que alguien se queda dormido en este sofá en lo que llevo de semana. Primero mi madre y hoy tú.- Me sonrió. Sobre la mesa había dos tazas de café, humeantes. Toda la casa olía a café. Me sonrió.- Y me encanta. Eso es que es cómodo.

– Mucho.- Respondí, aún aturdido. Agité la cabeza.

– ¿Soñabas algo?- La miré. Asentí.- ¿Era conmigo?- Volví a asentir.- ¿Se puede contar?

– Supongo que sí. Ya hablamos de esto hace no mucho.- Miré al cuadro.

La chica de la esquina inferior izquierda había desaparecido…

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