Descansaba a mitad de camino, sentado en un banco de piedra colocado estratégicamente en mitad de un mirador a cien metros de altura sobre el nivel del mar, justo bajo sus pies. Se veía el trajín de los barcos, pesqueros y cargueros a partes iguales, entrando y saliendo de manera ordenada. Se podían distinguir, aparte de por el tamaño, por las gaviotas que volaban alrededor. Unas pocas nubes cruzaban el cielo y en el aire se sentían las primeras trazas de una primavera a punto de llegar. El grupo de gatos que solían andar por allí se había asomado, curioso, a ver si el recién llegado llevaba algo de comida. Pero no, tan sólo un cuaderno y un bolígrafo mordisqueado y sin tapa.

Abrió su cuaderno en una página en blanco, como su cerebro, e intentó que la inspiración llegara. Pero no lo hacía. A su alrededor, el aire todavía frío agitaba las primeras flores de primeros de marzo; blancas, amarillas, de mil colores… Un par de palomas picoteaban cáscaras de pipas cerca de sus pies mientras el daba vueltas y más vueltas a su bolígrafo, buscando inútilmente en su cabeza esas palabras que no querían salir. Una pareja joven que pasaba cerca se detuvo, vió el banco ocupado y siguió su camino, charlando en voz queda.

Un gato se subió al banco, a su lado, mirando el cuaderno con curiosidad. Ni se dió cuenta. Siguió dándole vueltas al boli, inquieto. El gato se acercó. Se miraron un segundo. “Debería escribir sobre esto”. Y el gato miró adelante, moviendo despacio la cabeza, en dirección a varios lugares; los barcos, el mar, las gaviotas, las flores, el viento, las palomas, la pareja…

Y es que a veces no vemos las cosas aunque las tengamos delante…

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