Soñé que era una nube, cruzando el cielo, que nada tenía que hacer para ir de un sitio a otro excepto dejarse arrastrar por el viento; era una nube solitaria en medio del azul, sin un rumbo concreto. Mi misión en la vida: soltar mi preciosa carga, el agua de la vida, en algún lugar para que la hierba pudiera brotar y a partir de ahí, que la rueda siguiera girando, como llevaba millones de años haciéndolo ya. La mayor parte del tiempo viajaba sóla, pero de cuando en cuando veía a algún congénere, bien en forma de bruma o bien en forma de nube, como yo. Y cuando nos juntábamos se formaba una tormenta, y llovía algo. Y al separarnos descubríamos que también habíamos muerto un poco.

Algunas de esas nubes me contaron que formábamos parte de un minúsculo planeta que flotaba en el universo, algo así como una molécula de sal, una sola, en la inmensidad del océano. Ironizaban sobre nuestro papel en el universo y algunas se preguntaban si realmente servía de algo nuestro trabajo. Yo miraba alrededor, veía la belleza de las montañas, de los verdes valles, la fuerza de los desiertos, la violencia de las tormentas de nieve en el Ártico, las auroras boreales, el mar furioso, el mar en calma, el amanecer, las puestas de sol… Igual mirando en conjunto nuestro trabajo realmente no servía de nada, pero caray, qué bonito y que bien lo hacíamos.

Me empecé a fijar en la vida sobre la tierra; las plantas, que nacían al poco de caer nuestras gotas, apenas una ramita en la inmensidad del desierto… Algunos animales, caminando majestuosos, limitándose a vivir, comer, dormir… Luego me fijé mejor y pude ver que la vida no era tan hermosa: unos animales mataban a otros para comer, otros se comían las plantas… Se robaban las crías para alimentarse… Incluso dentro de la misma especie había machos que se mataban para conseguir a una hembra. Aun y todo, el planeta, minúsculo, seguía siendo hermoso…

Hasta que descubrí al hombre. El hombre… Una especie que se creía tan importante que tenía sometido al resto de los seres con los que compartía el mundo. Los sometía, los explotaba, los asesinaba, arrasaba con los bosques que son el pulmón del planeta, contaminaba los mares, se asesinaban entre ellos por algo que no logré comprender teniendo en cuenta la inmensidad del universo en el que nos encontrábamos, algo que llamaban “poder”… Era una especie formada por clases, en la que una clase dirigente escribía unas normas a su gusto que el resto tenía que cumplir, y les creaba unas necesidades que, viendo al resto de las especies, eran innecesarias… Una especie que no miraba más allá de sus narices y que, cuando lo hacía, era para ver qué podía robar de lo que tenía delante. Y entonces lo decidí.

Mi lluvia iría al mar. Siempre. Aunque tenía claro que, con ese ritmo los humanos acabarían con la vida en el planeta en unas generaciones, mi lluvia iría al mar. Ya que era lo que querían, colaboraría con ellos…

Quién sabe si, una vez que este pequeño planeta se hubiera librado de ellos, habría esperanza para un mundo mejor…

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