Bueno, los que me seguís ya sabéis que que ponga parte uno no quiere decir que vaya a haber segunda parte… Sí, cierto, no tiene lógica, pero bueno, qué vamos a hacerle… Hala, al tajo…

– ¡Decker!- La música de Vangelis suena rellenando la escena; la niebla cubre los tejados húmedos en la oscuridad de la noche, sólo rota por los haces luminosos de algún anuncio volante pasajero. Decker, agotado y sangrando, apoya la espalda como puede contra una de las chimeneas. Su larga gabardina está estropeada y él está completamente empapado, mezcla de sudor y de la lluvia que caía hacía un momento. Intenta levantarse pero no lo consigue.- ¡Decker!- Alguien le llama, pero no reconoce la voz. Desde luego no es el insoportable trepa de Gaff. Intenta levantarse de nuevo, pero no lo consigue. Se tumba y rueda sobre un costado, poniéndose boca abajo, justo sobre un charco, en el que introduce la cara. Hace fuerza con los brazos y consigue ponerse de rodillas.- ¡Decker!

– ¿Quién es?- Grita. Mira alrededor y no ve a nadie. Pero escucha un ruido. Algo o alguien resbala a gran velocidad por el tejado. En su dirección. Gatea, para intentar escapar del tremendo golpe que se avecina. Un hombre vestido de militar se estampa a su lado contra la chimenea; pierde el sentido. Decker se arrastra hacia él. Lleva el pelo largo y rizado atado con una cinta negra en la frente. Estira la mano para tocarlo y justo en el momento que va a hacerlo se encuentra de frente con dos ojos enloquecidos que le miran fijamente, una mano en la muñeca y un puñal apoyado en su garganta:

– Ni te atrevas a tocarme.- Decker está demasiado cansado para pelear.

– No, si sólo quería comprobar…

– Me encuentro bien.- Intenta incorporarse. Abre los ojos como platos, por el dolor y la sorpresa.- ¡Ahhh! ¡Joder! ¡No siento las piernas!- Tuerce la boca hasta colocarla casi debajo de la oreja, y vuelve a gritar. Ve que un tubo le ha atravesado el gemelo. Comienza a serrar el tubo con el cuchillo. Decker mira alucinado. El mismo tiene una mano lastimada, de su lucha con el replicante.

– Oye…

– John Rambo.

– Oye, John… Digo yo… ¿No sería mejor que fueramos a un hospital?

– ¿Aquí? ¿En mitad de esta selva rodeada de enemigos?- Decker mira alrededor. No ve a nadie, excepto lo que queda de Roy Batty, el replicante que ha estado a punto de matarlo y al que le debe la vida, al que las dos palomas que llevaba le están picoteando los ojos ya sin vida. Allí no hay nadie. Están sólos.

– Ey, tío, mira…- Vuelve a sentir el cuchillo en la garganta.- Vale, tú mismo…- John sigue serrando. Parte el tubo, se lo saca de la pierna sin emitir el menor gemido, saca un par de balas de la cartuchera, extrae la pólvora, que introduce en el agujero de la pierna, saca un mechero Bic del bolsillo y le da fuego. Grita un poco al producirse el fogonazo, vuelve a torcer la boca y cierra los ojos.- Oye, en serio… ¿Estás bien?

– Sí, venga, vámonos de aquí, que viene todo un ejército detrás.- Se levanta, ayuda a Decker a levantarse, se lo carga al hombro, se agarra a una liana que nace de una antena y se tira rapelando por la fachada del edificio, las ocho plantas.

Al llegar al suelo, aquello se ha convertido en un desierto inmenso. No hay altos edificios, ni coches… A lo lejos puede verse un polvoriento poblado formado por casas de adobe. John camina semiagachado con Decker al hombro.

– Oye, no podré llevarte así mucho tiempo. Creo que es mejor que me esperes ahí, oculto tras esa cabaña con tejado de paja.- Deja a Decker en el suelo, que ya ha recobrado las fuerzas suficientes para arrastrarse hasta allí. A lo lejos se escucha un griterío; parece como que, en la distancia, se estuviera disputando un acontecimiento deportivo. Afinan el oído, mientras se van acercando. Decker se esconde detrás de la cabaña y John se dirige en cuclillas hacia el lugar de donde viene el jaleo…

– ¡Hispano! ¡Hispano! ¡Hispano!- Corea incansable una multitud dentro de un recinto circular. Sale volando una cabeza por encima de la verja, que va a parar a los pies de Rambo, que frunce el ceño. Corre hacia la pared más cercana, cuchillo en mano.

– ¿Esto es lo que queréis?- Grita una voz profunda, dentro del estadio.- ¿Esto es lo que queréis?.- Otra cabeza vuelve a salir volando, seguida de una pierna, un escudo, un casco y una espada.- ¿Muerte y destrucción?- La masa clama enloquecida:

– ¡Hispano! ¡Hispano! ¡Hispano!- Hispano baja la cabeza. La gente va callándose poco a poco, hasta que al final se hace el silencio. Entonces se le vuelve a escuchar:

– Me llamo Máximo Décimo Meridio…  ¡Y alcanzaré mi venganza en esta vida o en la otra!- La gente se vuelve loca de nuevo y le vuelve a aclamar. Se abren las puertas y sale del coso, en dirección a los calabozos. Entra en el suyo y se cierra la puerta. Se sienta pesadamente sobre el banco de piedra y suspira. Tiene las sandalias sucias y el peto de cuero manchado de sangre aun fresca. Con la yema de los dedos acaricia el suelo y coge un puñado de tierra. Se lo acerca a la nariz y lo huele.

– No tiene que oler muy bien eso.- La voz le hace dar un respingo. Se gira. Es un tipo de ropajes extraños, vestido de verde, con algo que parece una extraña espada pequeña en la mano.

– ¿Quien eres tú?

– Mi nombre es John Rambo.

– ¿Y como has entrado aquí?

– Fácil… Ya no se hacen decorados como los de antes…

::::::::: Fin de la Parte primera ::::::::::::::

Quién sabe… Puede que esto continúe algún día…

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