– Hola.

– ¡Uy! Hola.

– Acabo de ver un cartel muy preocupante.

– ¿Qué? ¡Ah! ¿Y qué ponía?

– Liquidación total por cese.

– Anda. Bueno, últimamente hay muchos de esos. ¿Donde es?

– En la joyería Angelita.- Se hace el silencio a los dos lados de la línea. El confiesa, muy serio:

– Ya lo sabía. Lo vi hace unos días. Te iba a llamar, pero no quise darte un disgusto.- Ella calla unos instantes. El la siente triste y un poco preocupada.

– ¿Y qué va a ser de mi anillo?

– ¿De nuestro anillo? No lo sé… Habrá que…

– No, encontraremos otro…

– Sí, no te preocupes… Si es necesario me iré a Florencia a conseguir uno igual, pero no te…

– Encontraremos otro, ¿verdad?- Él sonríe.

– Claro que sí, Princesa, claro que sí.

– Superaremos esto.- Dice ella, convencida.

– No lo dudes. Lo superaremos todo, ya verás.- Dice él, que se ha detenido junto a la barandilla blanca que cruza el paseo. El sol está bajando y hay algo de bruma. Un pequeño velero cruza despacio las aguas de la bahía.- Ya verás…

– Seguro. Sólo te llamaba para que lo superieras…

– Gracias por acordarte, Princesa…

– De nada, entrenador… Angelita… Aish…

Cuelgan el teléfono. Ella sonríe y, tras subir unos peldaños, abre la puerta del portal mientras guarda el móvil en el bolso. Él también sonríe, pero con mirada un poco melancólica… Un requiem para un sueño…. Sí, hace una tarde preciosa; tanto que decide bajar a la playa a dar un paseo, aun a sabiendas de que llegará tarde al cine. Sonríe y recuerda.

–  Ven.- Le coge de la mano. Él mira alrededor, siempre sorprendido por esas muestras de naturalidad. Se deja llevar.- Voy a enseñarte algo.

– ¿Y qué es?- Ella se encoge de hombros y tira de su mano.

– Adivina.- Siguen caminando. Él piensa, pero no se le ocurre nada. Sí, que el tacto de la mano es más que agradable, pero no es eso lo que debe adivinar.

– Dame una pista.- Ella niega. Cruzan una carretera. Giran una esquina y ella empieza a aflojar el paso. Hace una tarde soleada, de primeros de verano. Está preciosa, como siempre, con su melena revuelta al viento. Se paran delante de una joyería.- Tenía que haberlo adivinado.- Asiente, con los labios fruncidos. Y se ríen, ambos.

– Mira. Esta es mi alianza. La que me tendrá que regalar…- Gira la cabeza hacia él, con los ojos muy abiertos, demasiado- … el que conmigo se quiera casar. Así que ya lo sabes.- Se ríen los dos.

– Claro. Esto… ¿Cual me has dicho que era?

– Esa, la de la piedra grande.- La señala y él asiente, pero pregunta:

– Bueno, tu madre sabe cual es, ¿no?

– Sí, claro, ¿por?

– Por mi desastre de memoria.- Ella hace gesto como de pegarle y se rien. Su mano sigue en la de él. Se miran, él niega con la cabeza, sonriendo, y ella pone la cara de una niña a la que han pillado haciendo una travesura. Se giran y siguen caminando hasta la parada de autobús. Se dan un abrazo corto y se separan. Ella sube, saca su mp3 del bolso y se pone a escuchar música. Él saca el suyo del bolsillo, desenreda el cable de los cascos, lo pasa por dentro del jersey, lo enchufa y se abstrae del mundo con un poco de chillout. Camina sonriendo, soñando despierto…

– ¿Falta mucho?- Dice ella, casi sin aliento.

– No. Ya casi estamos.- Él lleva una mochila ligera a la espalda, con algo de comida y una botella con agua. Casi ni ha sudado.

– Llevamos tres horas andando… ¿Quieres matarme?- Se sienta, sobre una roca con musgo, plana.- Además, me acabo de mojar el culo. Aunque me da igual. Voy a morirme en tres minutos.- Él se ríe.

– Venga, que no queda nada. No seas quejica. Mira alrededor… Las vistas son preciosas…- A lo lejos pueden verse los montes centrales de Pirineos, unos tresmiles majestuosos, recortados contra un cielo inmensamente azul, casi morado.- Son cien metros, nada más.

– Espero que merezca la pena…

– Y yo también…- Dice él, nervioso, palpándose el bolsillo trasero del pantalón.- … y yo también…

 

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