Tengo un recuerdo hermoso, de hace unos años, perfectamente descrito por ese color: blanco. El blanco más absoluto, más silencioso, hermoso y siniestro a la vez que uno pueda imaginar. La pureza absoluta, pero a la vez cruel. Fue un mes de febrero, de hace más o menos una década…

Aquella mañana nadie esquiaba. Hacía un día de perros, nevando copiosamente, con una niebla densísima. Era el último día de esquí de esa semana por lo que, visto el tiempo desagradable que hacía y que no tenía ninguna pinta de mejorar, casi todos los del grupo optaron por quedarse en la cafetería de la estación. Algunos incluso ni salieron del hotel. Menos las pistas verdes de al lado de la cafetería estaba todo cerrado. Pero hubo un momento que arrancaron la silla que subía a lo mas alto de la estación. Y allí que fui.

Apenas se veía la silla de delante. Iba sólo, pues ninguno de mis nuevos conocidos se animaron a acompañarme. Alguno me preguntó que si estaba loco; y mi respuesta fue: “Si la pista es una recta larguísima… Sólo hay que dejarse caer”. Negaron con la cabeza. Resultado: subía sólo, rodeado de copos grandes como puños que me iban convirtiendo poco a poco en un muñeco de nieve.

Me bajé de la silla al llegar arriba. Al minuto la silla se detuvo. No volvería a arrancar en todo el día. Me quité los esquís y subí caminando hacia donde sabía que estaba la cima, apenas veinte metros de donde me había bajado. Me senté. No soplaba viento, y la bruma y la intensa nevada apenas dejaban ver más allá de cinco metros. La sensación de paz era maravillosa, envuelto en un manto blanco infinito; mirara a donde mirara todo era igual, uniforme. Costaba distinguir el suelo de lo que no era suelo. El silencio era absoluto, impresionante. Estuve así unos diez minutos, disfrutando de una sensación que no he vuelto a tener nunca, esa paz absoluta formada de bruma densa, nieve, silencio y soledad; la sensación de ser el único ser vivo sobre la tierra.

Luego comencé el descenso, despacio, controlado, casi a ciegas, haciendo giros cortos para evitar el lado del barranco, escuchando sólo el maravilloso sonido de los esquís sobre la nieve recién caida, nada que ver con lo que se escucha normalmente cuando se esquía. Fue, probablemente, la mejor bajada que he hecho en mi vida; no a nivel técnico, ni de velocidad, incluso ha habido algunas que he hecho con toda la pista para mi sólo, no; aquella magia no la he vuelto a sentir…

Por eso, cada vez que voy a esquiar, espero con ganas que caiga la niebla o se levante una pequeña ventisca…

Anuncios