Estás a mi lado.

Casi no puedo creerlo. La mesa, una de esas de caña y bambú, circular, con cristal para dejar los vasos. Las sillas a juego, un poco demodé, estilo Emmanuelle. En la mesa, una cocacola con tres hielos en vaso de tubo para ti y una cerveza con limón en vaso ancho para mi; borrachera asegurada. Hace calorcito para ser las once y media de la noche. Suena un tango de fondo mientras observamos en silencio el deslizar mágico de las parejas, todas ancianas, sobre la pista de baile. Y tú estás a mi lado. Y casi no puedo creerlo. Te miro. Me sonríes, cómplice.

– No deberíamos estar aquí.- Digo serio. Pero, por más que lo intente, no consigo sentirme culpable. He estado años soñando con este momento.

– Tal vez.- Da un corto trago y se pone a jugar con uno de los anillos que lleva en su mano izquierda.- O tal vez sí.- La miro.

– Pareces gallega.- Se ríe.- ¿Quieres bailar?- Vuelve a reir y hace un ademán negativo con la mano.

– No, gracias. Prefiero verles a ellos.

– Yo también, la verdad.- Contesto aliviado. Odio bailar; me siento torpe cuando lo hago. Seguimos en silencio, con una sonrisa boba en los labios. Hemos llegado apenas un par de horas antes, vaciado las maletas y salido a cenar. Y después hemos ido a ver los bailes del Papa Luna.- ¿Damos un paseo?- Pregunto. Niega sonriendo.

– No, todavía no. Déjame verles un rato.- Tiene los ojos brillantes. Asiento.- No te importa, ¿no?- Sonrío y niego con la cabeza. Cojo mi cerveza con limón, la muevo un poco y la vuelvo a dejar sobre la mesa; poco limón para como me gusta. Escuchamos el final del tango y todo un bolero. Al acabar se levanta y se alisa el vestido. Recoge una rebequita y se la pasa por los hombros.- ¿Nos vamos?- Me levanto.

– Sí.- Le ofrezco mi brazo y me lo coge, suavemente, como hacía hace años. Sonrío. No puedo evitar la piel de gallina.- ¿Nos damos un baño?- Pregunto.- En el Mediterráneo el agua está más caliente que allí arriba.- Pone cara de duda.

– Ya veremos.- Y comenzamos a caminar hacia el paseo que bordea la playa. La luna está baja sobre el mar que le sirve de espejo para mirarse.- Tenemos mucho trabajo que hacer.- Suspiro: tiene razón.- Hay un premio que ganar.- Se pone de puntillas y me da un beso en la mejilla.- Vuelvo a suspirar, resignado.

– Cierto. Hay que terminar la historia de la chica que creía en cuentos de hadas…- Me encojo de hombros. Sonríe.

– La habrás traído, ¿no?

– Claro.- Le guiño un ojo.- Doblada dentro de nuestro libro. Pero empezamos mañana, ¿vale?- Pongo cara de súplica, intentando dar lástima.- Sonríe, se suelta de mi brazo, se descalza y baja a la arena.

– Ya veremos…

Anuncios