Tengo que vaciar las tarjetas de memoria antes de mi próximo viaje, en breve, a esa ciudad que estuvo años partida por la mitad, atravesada con un desolador muro de vergüenza, otro monumento más a la miseria humana. Sé que cuando vaya y vea lo que queda de aquello, lo observaré, le echaré una foto y ni remotamente seré capaz de imaginar, por mucho empeño que ponga en ello, la cantidad de sufrimiento e historias de dolor que se forjaron alrededor de esa pared coronada de alambre de espino y puestos de vigilancia.

Se me ha vuelto a ir el santo al cielo. No tengo remedio; es culpa de la improvisación, lo sé. Llevo apenas cien palabras y aún no he dicho nada. Lo siento, perdona. Resulta que he cargado una de las tarjetas grandes, en la que aún conservaba fotos de París, de aquel viaje con días de sol y lluvia y del que aún tengo un par de historias por escribir de las que sólo me acuerdo cuando termino una y ya no me quedan ganas de seguir… Y repasándolas una a una, me iba acordando… Y aunque estuve sólo, sé que viniste conmigo; que cuando recorría aquellas calles llenas de gente solitaria con cara de prisa, tú estabas allí, y mirabas los mismos escaparates en los que yo me detenía, esos llenos de libros antiguos con historias de las que ya casi nadie escribe; libros de papel amarilleado por el tiempo, con ligero aroma a humedad, o incluso heridos, señal inequívoca de que han vivido, como algunos que sabemos… O tú parabas en, no sé, una joyería, por ejemplo, y yo caminaba haciéndome el despistado hasta una tienda de discos que tú, enfadada medio en bromas medio en serio, pasabas de largo… Y sé que en aquellas tardes silenciosas, todas las conversaciones que mi mente inventó existieron… Y allí nos contamos vida y milagros, desde los primeros recuerdos hasta casi los últimos, guardándonos, eso sí, pequeños secretos, para mantener el misterio, tan necesario en la vida…

Y al acabar París, unas que no recordaba… Una ciudad cercana, en fechas próximas al Año Nuevo, a la que fuimos el mismo día, casi a la misma hora, cada uno por nuestra cuenta… Yo subía por una calle, tu bajabas por otra… Entrabas en una tienda y yo, al rato, miraba el escaparate… Compraba unos bombones en una de las muchas tiendas de chocolate que había en aquellas calles estrechas vestidas de invierno y luz, y tú, después, hacías lo mismo… Comenzaba a llover y abríamos cada uno, a la vez, en diferentes aceras de la misma esquina, un paraguas, que sin quererlo nos escondía… La lluvia arreciaba y tú corrías hacia el norte y yo lo hacia el sur…La historia de nuestra vida…

Ahora crearé una carpetas donde guardarlas ordenadas. Sé que pasará tiempo hasta que las vuelva a ver; lo sé, siempre es igual. Y el día que lo haga, la sensación volverá con fuerza, como siempre, pero con un toque de nostalgia que me hará escribir, de nuevo, la misma historia de siempre…

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