– Aita, aita…- Tiene cara de sueño, arrebujado en una bola que hasta hace bien poco era un edredón.- Cuéntame un cuento para que duerma bien.- Me mira. Suspiro.

– No, que es tarde y mañana tengo que trabajar. Ya sabes que madrugo.- Baja los ojos, triste. No puedo evitarlo; siempre que hace eso pierdo la partida.- Bueno, vale… Tu ganas, pero uno corto.

– ¡Genial!- Responde resplandeciente y alegre; va a costar que este se duerma hoy.

– A ver, déjame pensar…- Intento que algo venga a mi cabeza, algún viejo cuento de cuando era crío, de aquellos que vamos pasando de padres a hijos, uno de esos de hombres valerosos al rescate de damas en apuros y que tanto mal han hecho generación tras generación, una historia machista de esas con final feliz que acaban al principio de la verdadera aventura.- Érase una vez…- Comienzo, entonando la voz lo más grave que puedo. Sonríe…- Erase una vez, un pueblo pequeñito en el que vivían dos personas; una en la casa de arriba y otra en la de abajo. La casa de arriba era pequeña, igual que la de abajo, pero tenía un huertecito al lado del río en el se plantaban lechugas. La de abajo tenía un pequeño gallinero con muchas gallinas que ponían un montón de huevos ¿Te gusta la historía?

– Sí.- Asiente divertido.- ¿cómo vivían?

– Bueno, pues el de la casa de las gallinas trabajaba en su corral, limpiando y recogiendo los huevos. Y siempre comía huevos; cocidos, batidos… Como se le ocurría, ya que sólo tenía huevos y agua.

– ¿Porque era pobre?

– No. Porque las tiendas no se habían inventado.- Me mira con cara de sorpresa.- Eso llegará después. El de arriba vivía siempre metido en la huerta y comía lechuga. Cruda o cocida.

– Aaaaah, que ascoooo.- Se sacude debajo del edredón.

– Ya, pero este también tampoco tenía nada más y sólo podía comérselas así.- El crío asiente; un chico listo. Que orgullo… No ha salido a su padre, menos mal.- Pues resulta que, un día en que los dos tenían poco trabajo se encontraron por un camino estrecho que llevaba al río. Se miraron, desconfiando y se pusieron a hablar…

– Oye, esas cosas verdes que llevas… ¿Qué son?

– Lechugas. ¿Y eso blanco tuyo?

– Huevos. ¿Y las lechugas se comen?

– Sí, claro. Cocidas o crudas. ¿Y los huevos?

– También. Cocidos o machacados, pero sin cáscara. Oye, te cambio un huevo por una lechuga.

– ¿Uno por uno? No. Mis lechugas son más grandes. Tres huevos por una lechuga.

– No. ¿Dos y ni para ti ni para mí?

– Hecho.

… Y así nació el comercio.- Noto que el niño me mira mosqueado.- Y el revuelto de huevos con lechuga… O el huevo envuelto en lechuga, en el que se basaron los vietnamitas posteriormente para sus rollitos.- Le guiño un ojo.

– Anda yaaaaa.

– En serio, fue así.- Me mira sin fiarse demasiado. No sería la primera vez que le cuelo una de estas, la cuenta en la escuela y todos se burlan, crueles, fiel reflejo de la especie.- Y no sólo fue así, sino que uno que vivía cerca y tenía aceitunas se enteró y se acercó a hablar con ellos. La conversación fue parecida y llegaron a un acuerdo: dos huevos por una lechuga o por una mano de aceitunas. Y esto, el introducir una medida, fue el comienzo del fin.

– ¿Ya se acaba el cuento?- Pregunta preocupado.

– No, tranquilo.- Sonrío.- Me refiero a que empezaron los problemas porque si pones la mano pequeña entran menos aceitunas que si la abres del todo, con lo que varíaban los intercambios. A veces había más aceitunas y a veces menos.

– Ah.- Por la cara veo que no lo ha acabado de entender.

– Ya tenemos tres personas en la aldea. Y nuevos inventos, ya que con la aceituna y el aceite que se saca de ella descubren la tortilla, el huevo frito, la ensalada, la tortilla de aceitunas con ensalada y todas las combinaciones que se te ocurran.

– Ag, que ascooooo.- He elegido mal los ingredientes; despistado que soy…

– Bueno, pero a ellos les gusta, como a mi. Y como a ti cuando crezcas.

– No. A mi la lechuga nunca me va a gustar.- Afirma rotundo.

– Vale.- Le sigo la corriente.- Resulta que el de las aceitunas, que era el más pillo de los tres, descubrió un día que igual podía convencer a alguien para que hiciera su trabajo a cambio de parte de su producción, es decir, por unos puñados de sus aceitunas. Y encontró a alguien dispuesto a ello. Él supervisaba el trabajo e iba buscando nuevos sitios donde plantar olivos y así buscar nuevas aldeas en las que hacer más intercambios.

– Jo. Sí que es listo. De mayor quiero ser como él.

– ¿Emprendedor?- Me mira con cara rara.- Eh… ¿Dispuesto a moverte para buscar sitios para mejorar tu negocio?- Niega con la cabeza.

– No. Tener a alguien que haga mi trabajo.- Le miro sorprendido; estoy criando a un vago. Genial.

– Pero eso es complicado. Para poder llegar a eso ha habido que trabajar antes mucho.- Intento remediarlo. Frunce los labios, enfurruñado.- Resulta que los otros dos, al enterarse que el otro vive sin trabajar, deciden hacer lo mismo. Y lo consiguen. Y buscan sitio donde instalar sus nuevas granjas.

– Jo.- Me interrumpe.

– ¿Jo, que?

– Es un rollo.- Pues sí, reconozco, pero es lo que hay, chaval.- ¿No hay ningún principe o princesa?

– Por ahora no. Pero luego aparece un emperador.- Sonríe. Este hoy no se duerme ni a palos.- Bien, resulta que para sus nuevas “fábricas”…

– No son fábricas.- Me corta.- Son una huerta, un… eh… gallinero y un… donde sea que se ponen las aceitunas.

– Un olivar. Pero les llamaremos fábricas, asi podemos tratar a todas por igual ¿vale?

– Vale.

– Pues eso, que resulta que para sus nuevas fábricas necesitaban terrenos y no quedaban. Pero había alguien que sí tenía terreno.

– ¿El emperador?

– No, un caradura que decía que aquello era suyo y al que llamaremos banquero. El banquero les daba un terreno a cambio de parte de lo que produjeran en su fábrica; y si no le podían dar lo que le debían, se volvería a quedar con el terreno. Y se pusieron a pensar. Y llegaron a la conclusión de que si vendían su producto a las aldeas de alrededor, podrían pagar al caradura.

– Al banquero.

– Eso. Es lo mismo.

– ¿Sí?

– Normalmente. Espero que llegue el día que puedas comprobarlo, aunque al paso que vemos…- Me mira preocupado.- ¿Sigo?

– No sé.- Me mira; no le gusta la historia. Bueno, así aprende que no todo son cuentos de hadas.- Vale.- Dice, poco entusiasmado.

– Total que aceptan. El banquero sonríe complacido; él si que no va a pegar ni sello y a comer como un bendito. Total que empiezan a hacer negocios con las aldeas de alrededor; aparecen tomates, frutos secos, ropas, manteles, camas, platos, cubiertos… y todo lo que se te ocurra.

– Eso está bien, ¿no?

– Sí, pero hay un problema.

– ¿Cual?

– La especie humana.- Me mira sin comprender.- Sí, mira… El hombre es envidioso por naturaleza y un poco vaguete, así que algunas de las aldeas de alrededor se aliaron para quitarles por la fuerza lo que ellos habían conseguido.

– ¡Qué malos!

– Sí, pero así suele ser. Hoy hay algunos que se dicen libertadores que solo luchan allí de donde pueden sacar beneficio, e incluso hacen negocio vendiendo a los dos que se están pegando. Y si lo van a arreglar se encargan de estropearlo para seguir vendiendo.

– ¿De verdad hay gente así?- Asiento. Me mira asustado.- ¿Y se sabe quienes son?- Asiento.

– Suelen salir mucho en la tele. Pero bueno, eso no son cosas para niños, así que seguimos con el cuento. ¿Vale?- Me mira asustado. Asiente.- Pues resulta que aparece uno por el pueblo, uno bruto, así, como muy fuerte, con una banda de guerreros parecidos, todos vestidos de negro, diciendo que quiere hacer una reunión con los de las empresas y el banquero. Y les dice que les protegerá a cambio de parte de la producción. El banquero pone el grito en el cielo y los de las empresas igual, pero no les queda otro remedio que aceptar.- Noto que me estoy liando y me tomo un segundo de respiro. Este hoy no duerme, y además está asustado.

– ¿Ya está?- Niego con la cabeza. Pone cara de disgusto. Sonrío.

– No, pero si quieres me voy.- Niega con la cabeza.- Bueno, pues ahora resulta que hay varias aldeas, con gente que manda como si fuera una empresa, es decir, con gente trabajando para ellos; hay escuelas donde se enseña a trabajar, para que las fábricas tengan personas que puedan trabajar en ellas y lo hagan bien; hay muchos tipos de fábricas, unos que trabajan y otros que dirigen, que a veces es otro tipo de trabajo; hay bancos que prestan a la gente para que puedan comprar aquello que en ese momento no pueden… Pero hay problemas.

– ¿Las guerras?

– No, en ese momento no hay guerras.

– ¿Entonces?

– Piensa.- Me pone cara de cansancio; ya no está para pensar.- Hay varios problemas que se juntan en uno: el humano, que es tramposo y envidioso siempre que se le deje. Hay un grupo de gente que trabaja en las fábricas por su puñado de aceitunas, pero el jefe les paga con el puño pequeño siempre que puede. Esa gente, a veces, pide prestado al banquero por cosas que no necesita y ha visto que tiene su vecino, y le cuesta pagarlo. El banquero intenta timarle también pidiéndole mucho más de lo que le ha prestado. El emperador y su grupo de “pelotas” vive a cuerpo de rey, gastando mucho más de lo necesario, e incluso muchos de los que pululan alrededor como moscas que se reparten el botín con sus amigotes. A menudo todos  hacen trampas con lo que pasa por sus manos.

– Pero eso es robar.

– Sí y no. Sí lo es, pero le cambian el nombre y listo. Y las cosas se van complicando cada vez más. Y llega un día que el emperador deja de pagar porque se gasta más que las aceitunas que cobra a los trabajadores y a las empresas. Y decide cobrar más no a las empresas, que también, sino a los que menos tienen, a los trabajadores, que son la mayor parte de la población de la aldea. Y deja que las empresas paguen menos a los trabajadores. Al trabajador le aprieta y asusta para que no proteste, diciéndole que lo pueden echar a la calle si no acepta lo que le diga el jefe. Y claro, el trabajador, que debe dinero al banquero y está muy asustado, deja de comprar cosas. Con lo que las empresas venden menos. Y el emperador, que ahora recauda menos, vuelve a subir los impuestos. Y como las empresas recaudan menos, vuelven a bajar los sueldos. Y el trabajador compra todavía menos. Y se crea un círculo vicioso.

– ¿Un qué?- Pone cara rara.

– Nada, que cada vez la cosa se pone peor.

– ¿Y como acaba la historia?

– Pues no lo sé, la verdad; pero después de unos años malos, cada vez peores, el de las aceitunas, el de las lechugas y el de las gallinas tuvieron que volver a ponerse a trabajar ellos sólos para lograr subsistir pues no podían pagar a nadie, como al principio. Solo que ahora estaban rodeados de gente que no tenía nada y que necesitaba comer para vivir. Y eso nunca acaba bien.

– Aita…- Dice, con voz asustada.- ¿Eso nunca puede pasar aquí, verdad?

– No, tranquilo.- Miento.- Eso es imposible. Aquí el emperador, viendo el despilfarro de los de alrededor, ajustaría cuentas evitando lujos y gastos inútiles, ayudaría a las empresas bajándoles los impuestos para que pudieran seguir vendiendo siendo competitivas y no se los subiría a los trabajadores, para que pudiera seguir comprando, ya que así se mantendrían en marcha las ruedas del sistema.- Tengo el infierno ganado por mentirle de ese modo a mi hijo, lo sé.- Venga, duerme ya, que es tarde.

– Vale. Buenas noches.- Cierra los ojos. Apago la luz.

– Buenas noches… Y felices sueños…

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