Hace mucho frío; mucho… Y si no hace tanto, al menos hace el suficiente para que necesite un chocolate bien caliente al que acompañaré con alguna de esas deliciosas tartas locales. Y que carajo, se acerca mi cuadragesimoprimer cumpleaños, así que ya soy lo suficientemente mayor para darme un capricho y que nadie me diga nada.

Busco un local atractivo entre los de esta calle que alberga un museo gay, localizo uno con buena pinta, abro la puerta y entro.

La bofetada de calor es importante. Y la bofetada sónica también: hay bastante jaleo que llega desde una mesa llena de estudiantes italianos por lo que opto por buscar una mesa lo más alejada posible del estruendoso cuarteto. Exceptuando eso (que dura poco pues se largan enseguida), el local es muy agradable: música tranquila, mesas pequeñitas blancas y modernas, pequeños sillones contra las paredes y sillas a juego con las mesas, techos altos de lámparas doradas que tienen el punto justo entre “horterismo” y elegancia; camareras jóvenes de diversas procedencias: una oriental, una guapísima de piel tan negra que brilla, una rubia germánica que te sacude media torta y te arranca la cabeza y una medio italiana de sonrisa amable pero cuya mirada avisa que nos encontramos ante una mujer de armas tomar. Me atiende la japonesa, a la que pido, en un vergonzoso inglés, un trozo de tarta de queso y un chocolate caliente.

Paseo la mirada por el local: en la mesa donde antes estaban los italianos hay unas tazas vacias junto con unos platos y una colección de servilletas de papel arrugado que la germánica está recogiendo; hay otro par de mesas vacias, otras dos chicas mirando un album de fotos en otra, en la siguiente una señora mayor con gabardina que se calienta las arrugadas manos asiendo una taza de te humeante y una pareja con un carrito de niño. En el otro lado, un hombre de mediana edad, bien vestido y cabello escaso y canoso que me sonríe cuando miro hacia él, y al que saludo con un educado ademán de cabeza, y otra pareja de mediana edad, rubia ella y él que me recuerda ligeramente al violinista de la película “El príncipe de las mareas”, tanto en el físico como en las pintas de absoluto engreido gilipollas. Y es que hay gente que te entra por mal lado sin haber hecho nada. No se puede evitar.

Llegan mi tarta, equivocada, y mi chocolate caliente, ese bien. Me han traido una tarta de coco, y entre que no me gustan las discusiones y que tampoco sabría muy bien explicarle el error (tengo que ponerme con el inglés ya), decido cambiar de idea y en vez de la de queso, tomarme una de coco. La pruebo. Sublime. Buena elección. Sonrío y paseo mi mirada satisfecha alrededor. Me devuelve la sonrisa el mismo hombre de antes, al que vuelvo a saludar de forma educada.

Hace calor y llevo mucha ropa. Me quito el pesado chaquetón y quedo vestido con, aparte de los vaqueros que llevo, un forro polar cortavientos negro ceñido que tengo, una maravilla para los días fríos. Me siento de nuevo, pero sigo teniendo calor. Me vuelvo a levantar y me quito el forro, quedándome en camiseta, también negra y también ceñida. La rubia del violinista no me ha quitado ojo en toda la jugada, con mirada leonina que me ha hecho sentirme más desnudo que si fuera un futbolista que salta al campo a jugar la final de la copa de Europa (cientos de millones de espectadores en todo el mundo) y al que una horda de fans excesivamente mitomaníacos le han arrancado hasta el último centímetro de ropa. Me siento de nuevo, rápido. El hombre de mediana edad me vuelve a sonreir y hace un gesto con la cabeza hacia su izquierda, que es mi frente. Miro hacia allí y no veo nada. Me encojo de hombros y sigo a lo mío. Ataco de nuevo a la tarta. Extraordinaria.

Empiezo a notar urgentes ganas de ir al baño; el frío y una cocacola anterior empiezan a hacer efecto. Busco con la mirada los baños. Me vuelvo a cruzar con la mirada sonriente del hombre, que me empieza a cansar, y que vuelve a hacer el gesto hacia su izquierda. Vuelvo a mirar. Coño. Ahora lo entiendo. Ahí están los baños. Carajo. Y claro, si voy ahora, va a ser una invitación. Joder. Y casi no puedo más. Cojo la cámara de fotos y me pongo a hacer como que miro algo. Mierda. El tío se levanta, me mira fijamente, para dejármelo bien claro y se va hacia el baño. Guardo la cámara. Como un trocito más de tarta. Me agito nervioso sobre la silla. Uf. Joder. No puedo más y el tío no vuelve. Un trago al chocolate. Miro a la calle. Comienza a nevar suavemente. La rubia del violinista no me quita ojo, como el guepardo que ha localizado una presa en la distancia. El tío que no viene. El violinista que no se cosca de nada. O sí y le pone que su mujer se la pegue, no sé.Vuelve el tío del baño. Se sienta en su sitio. Ya no sonríe. Un minuto más tarde recoge su gabardina, se levanta, cruza por delante de mi mesa sin dirigirme la mirada, paga en caja y sale del local. Y salgo al baño como un misil teledirigido.

Vuelvo a mi sitio un par de minutos después, con una sonrisa de oreja a oreja, mucho más relajado. Y noto de nuevo los ojos de la mujer del violinista clavados sobre mi. Respiro resignado y me siento. Me acabo la tarta, apuro el chocolate, me visto de nuevo bajo su mirada escrutadora, voy a la barra, pago y me voy. Recibo una nueva bofetada, de aire frío esta vez y bajo la calle, pasando al lado de la ventana junto a la cual se sienta la mujer, que me sigue mirando. Miro de reojo y sigo adelante.

Camino encogido por la calle; sigo sintiendo frío. La cámara cuelga cruzada sobre el pecho, las manos en los bolsillos. Tengo sensaciones encontradas; por un lado, me siento halagado: sigo en el mercado, todavía hay gente que se fija en mi… Por otro lado, me doy cuenta que, claro, ya no soy un niño. Hay que asumirlo; acabo de entrar en el grupo de gente de mediana edad.

Pero por la puerta grande.

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