Me detuve a la entrada, cámara en mano. Allí estaba, otoñal en primavera; los árboles casi desnudos y el suelo lleno de hojas cobrizas acumulándose a la entrada de los sumideros. Sólo había un par de coches aparcados al lado de las amplias aceras que recorrían aquella calle de edificios majestuosos. Era mi calle; tranquila, solitaria, a ratos alegre si salía el sol, a ratos triste cuando lloviznaba… Una calle seria, a primera vista… La calle de las palabras, como rezaba discreto el cartel metálico que presidía la entrada… Hermoso nombre, sí…

Quité la tapa del objetivo, sin muchas dudas sobre la foto que buscaba; tan sólo una… En sepia o en blanco y negro… Busqué el encuadre y disparé. Una sóla vez. Ni miré el resultado; no hacía falta. Guardé la cámara en su funda, metí las manos, congeladas, en los bolsillos del pantalón y comencé a caminar, despacio, buscando las palabras que últimamente me faltaban.

Imaginaba esa misma calle hace no muchos años; lluvia, algo de nieve, oscuridad… Personas que se arrastraban pegadas a las paredes destrozadas, ennegrecidas por el humo de las bombas, sucios, temblando más de miedo que de frío, el arma cargada en la mano sin saber sí iba a responder… Hambre, dolor, furia, tristeza… Preparados para matar a alguien al que no conocían porque sólo había dos opciones: seguir adelante y matar al de enfrente para tener una mínima esperanza de supervivencia o intentar huir y morir asesinado por los tuyos… Tumbados tiritando, encogiéndose aterrados cada vez que sonaba una explosión cerca, o un disparo, deseando que la bala no llevara su nombre… O atravesando obstaculos a todo correr en medio de un fuego cruzado, para saltar al otro lado de una trinchera, sorprendidos de seguir vivos, al menos algunos… El crujido de las cadenas de los tanques mordiendo el asfalto en calles cercanas, gritos de dolor, la mirada perdida de los pocos civiles que quedaban vivos, escondidos entre las ruinas de la ciudad, esperando que terminara aquella pesadilla… La mirada vacía de aquellos para los que la pesadilla había terminado… También aquello fue en abril…

Comenzaba a llover débilmente. Todavía se podían observar restos de aquel infierno en las paredes que sobrevivieron a aquellos días; era fácil ver los cientos de agujeros de bala en la roca… Heridas dejadas adrede para que la conciencia no olvide… Un bonito gesto, aunque inútil: el hombre olvida cada vez que nace. Eso hace que no aprenda de errores pasados. Algún día,  esa misma calle, u otras similares, se volverán a pintar de humo, fuego, cristales rotos, piedras, árboles caídos, ruido, lluvia y sangre ennegrecida sobre la nieve. La misma piedra, las veces que haga falta.

Me hubiera gustado que me ayudaras a buscar aquellas palabras que me faltaban para luego, entre los dos, plasmarlas en un lienzo en blanco, sin importar con qué lo hicieramos; un bolígrafo, un lápiz de ojos, una laca de uñas, o tres, de diferentes colores… No hubiera importado. Allí, los dos sentados juntos ante un café con bizcocho, viendo nevar a través del cristal, jugando a elegir la palabra perfecta de entre todas las encontradas en la calle de las palabras…

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