Me planto de nuevo, una vez más, delante de esta pantalla en blanco, constante desafío, con muchas ganas de escribir una historia buena, de verdad, de esas que parecen hechas para que venga alguien de Hollywood y haga una película romántica. El problema es buscar un final a esa historia, y ver si será un final feliz o uno de esos que algunos dicen que tanto me gustan, uno de esos finales abiertos en el que cada cual interprete lo que crea conveniente.

Hace sol. Me tumbo en el suelo, vestido, directamente sobre las baldosas, mirando al cielo, con la cabeza apoyada en el borde de una piscina cubierta. Espero algo, una señal, una flecha, una indicación… Algo, lo que sea, que baje desde lo alto de las desnudas montañas que rodean esta pequeña ciudad situada en la costa y me dé una pista de cómo debo actuar… Algo o alguien que me traiga el manual de cómo funciona la vida…

Otra noche en blanco, pero esta vez no llegó sin avisar; se iba forjando entre las palabras que brotaban de mis dedos, que parecían tener vida propia… Para las palabras, hoy negados para la música… Ayer era al revés…

Quedan ya pocas jornadas desde la Ciudad de las Montañas Desnudas y en breve retomaré mi vida en la Ciudad Dormida ¿Volveré a ser un personaje con una vida organizada más o menos, con unas rutinas y una vida tranquila? ¿O llegará un tsunami que arrase con todo?

Lo sabrán en próximos capítulos.

Lo siento, no he podido evitarlo…

😉

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