Casi no se escuchaba el mar de lo tranquilo que estaba; no parecía ese mismo mar que golpeaba cruelmente esos acantilados que ha ido esculpiendo con el paso de los siglos justo antes de irme de esta ciudad… Desde arriba, sentados en el muro, el arenoso dorado de las rocas coronadas por esas famosas esculturas que asemejan unos hierros retorcidos (me encantaría que alguien que entienda del tema me explique su significado, aunque aviso de antemano que entenderlo me puede llevar horas, dias, meses… que soy un poco lento para algunas cosas) destacaba sobremanera contrastado contra el azul intenso del agua, los líquenes del fondo, y el azul del cielo, más claro.

Allí estaba ella, sentada a mi lado, mirando hacia mi. Estaba más o menos igual que cuando la conocí hace ya unos años… Puede que la única diferencia fuera su pelo, más corto. Sonreía, picarona, contenta y divertida a la vez. Yo miraba a los grupos de turistas que se acercaban y, tras recibir una breve explicación sobre el lugar, sacaban las fotos de rigor (esas mismas que podrían comprar mejor hechas y con forma de postal en cualquier tienda de souvenirs) y se daban la vuelta dispuestos a que los llevaran rápido a otro sitio donde disparar de nuevo su cámara. Había gente que llegaba, miraba un poco al mar y se iba y a mi derecha, alejados de nosotros y detrás de ella, había una pareja que tenía toda la pinta de estar empezando… Él la intentaba besar, un poco tímido, y ella se echaba ligeramente hacia atrás, sin atreverse a rechazarlo del todo, mirando a todas partes por si llamaban demasiado la atención… Muy majos los dos…

Y mientras tanto, nosotros charlábamos sobre un poco de todo… Sobre mis vacaciones, tu búsqueda de empleo en tiempos de crisis, mis batidos cerebrales, tu salud… Y el viento, en su búsqueda de un peine, se llevaba nuestras palabras…

Sí, hacía un día magnífico…

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