El impresionante trueno sonó en medio de un insoportable madrigal interpretado magistralmente por los King’s Singers. En la otra punta de la ciudad, Bruce Springsteen cantaba mientras miles de locos fanáticos aullaban a la lluvia todas esas canciones que en mi no dejan poso de ningún tipo; sí, sé que tengo un problema… O eso piensan algunos. Y lo confieso hoy aquí, públicamente: Bruce Springsteen me aburre. Soberanamente además. Me alegro por sus fans, pero a mi me da sueño. Y los King’s Singers también. Y la tormenta se quejó copiosamente de semejantes muermos musicales sobre la Ciudad Dormida, descargando cientos de litros y gritando, haciendo retumbar los cristales.

En los alrededores de la ciudad, una chica abandonada en un restaurante tras el banquete de una boda, en la que le ha caido encima de su magnífico vestido nuevo toda una ponchera llena de vino tinto, descubre que se le ha estropeado el teléfono móvil y que no puede llamar para hacer que alguien vuelva a buscarle. Mira alrededor y sonríe, llena de optimismo. Nada puede salir mal.

Ya en la ciudad, cuatro amigos, alrededor de una mesa, sugieren nombres para un nuevo proyecto musical de dos de ellos; un proyecto aún ni siquiera en pañales, pero que consta de dos guitarristas, un batería, ganas de divertirse y ninguna canción. Salen algunos nombres malos (Ipso facto, Sobre la marcha, Tangente de Pi Medios, Travesura…) y otros muchos peores (Morcilla de cebolla, el tridente de Neptuno…).

Fuera llueve con saña. La tormenta intenta lavar la ciudad de todas esas notas aburridas que han cruzado su cielo. Miles de personas vuelven felices a sus casas, con el insistente soniquete de la música repetitiva que ha sonado esa noche. Un chico dormita en un autobús rumbo a casa, pensando que no debería ser esa la dirección elegida. Una mujer fuerte descubre que un abrigo de raso que alguien le ha prestado colgaba felizmente atrapado por la puerta del taxi que le ha llevado hasta casa durante unos cuantos kilometros…

Y en lo alto, sigue aullando la tormenta…

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