Pesa la mochila, ¿eh, chaval? Sientes cómo sus correas se te clavan en los hombros. Y llevas tanto tiempo caminando por el mismo camino que ni sabes donde estás. Recuerdas que, cuando decidiste comenzar el viaje, aquella vereda se prometía atractiva, agradable, sombreada y con innumerables fuentes de donde beber. Pero eras muy joven y la mochila pesaba poco. Comenzaste con una sonrisa y caminando alegre. Durante mucho tiempo. Era un camino lleno de aventuras; llegaba gente, con la que compartías un rato, luego se iban, llegaban otros… Y el camino avanzaba, sin cambios, de manera uniforme. Y seguías cantando y sonriendo. Un día, una semana, un mes, un año, un lustro, una década… Siempre el mismo camino… Y, quizá por el cansanción, o por la falta de sorpresas, o por quién sabe qué, ibas descubriendo que había algunas piedras, con las que de vez en cuando tropezabas, cayendo pesadamente. Te levantabas y al hacerlo descubrías que la mochila pesaba un poco más, pero seguías caminando, un pie delante de otro, buscando un sitio donde sentarte y descansar, aunque no hubiera delante mas que kilómetros y kilómetros de monótona línea recta. Y mirabas al frente y sólo veías esa línea que se perdía en el infinito, sin ninguna bifurcación de ningún tipo. Los frondosos bosques iban quedando atrás, y poco a poco te ibas internando en un desierto sin agua, sin sombra, sin esperanza… Y rezabas para un bifurcación que te sacara del camino marcado. Pero eso no existía. Para eso, tendrías que salirte de la carretera. Y tras pasar un tiempo perdido, buscar un nuevo camino que te llevara a otra parte. O al mismo sitio pero por otro lado. Y nunca sabrías si ese camino sería más fácil o más complicado. Pero en eso reside el misterio de caminar sin rumbo fijo, en que nunca saber donde puedes terminar…

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