Le estoy cogiendo cariño a ese banco no demasiado antiguo de madera gastada que tiene el placer de contemplar todos los días los atardeceres brumosos de la Ciudad Dormida. Aunque el pobre está allí, en ese hermoso mirador de piedra con vistas a la postal más repetida de la ciudad, expuesto a la frecuente lluvia y al aire salitroso que viene del mar, enfurecido muchas veces. No son mas que cinco o seis tablas de buena madera unidas a un par de piezas de metal que las sustentan… Algo tan simple como eso… Y sin embargo… Si pudieran hablar… Y sobre todo, opinar…

A veces le visito por las mañanas. Llego temprano, antes de ir a trabajar, aparco la bici justo delante suyo para que sepa que he llegado, le paso la mano suavemente por el respaldo y me siento, no como lo hago cuando lo visito a las tardes, sino como me sentaba en los bancos cuando era un chaval: sentado en el respaldo y los pies en el asiento, con los codos sobre las rodillas… Desde arriba las cosas suelen verse con una perspectiva diferente… Y la bahía, con sus veleros bailando al son de las olas, y la playa, casi vacía a esas horas, se observan mejor…

Hay una golondrina posada sobre la escultura dedicada al hombre que descubrió la penicilina. Me observa, ladeando la cabeza a un lado. Agita sus alas y desciende hasta posarse sobre el sillín de mi bicicleta, pero no le gusta y alza el vuelo hacia el mar, en dirección a la isla cercana cuya foto preside las tiendas de souvenirs. Saco mi Ipod y miro entre la música que llevo, a ver que pongo… Algo que me recuerde a las tardes pasadas allí sentado… O que me haga pensar en ellas… Y claro, siempre llevo encima las dos o tres canciones que consiguen eso…

Y allí estamos de nuevo los dos, repitiendo las mismas conversaciones, una y otra vez, a gusto… Como dos buenos amigos, charlando cerca de la frontera… Sentados brazo contra brazo, frente al mar… Sobre la vida, la amistad, el amor, las alegrías, las tristezas, las esperanzas, las ilusiones, las decepciones, la felicidad de los demás, los nacimientos, las bodas, los funerales, la lluvia, el sol, el viento, la lectura de manos (en la que no creo;-)), los viajes pasados, presentes y sobre todo, futuros…Cientos de personas pasan alrededor, como fantasmas invisibles, extras casi sin importancia de esta película…

Siempre que me voy de allí tengo una ligera sensación de pérdida, como que se me olvida algo… Tal vez sea así… O tal vez sea el reconocimiento de que mi lugar favorito de esta ciudad que duerme está cambiando… Un viejo muro de piedra por un banco frente al mar…

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