Eramos unos críos, sí, cuando entre los cinco los íbamos construyendo, con cariño e ilusión, como quien hace un puzzle; uno traía la idea y cada cual le aportaba lo que buenamente podía, con ganas, durante horas y horas, ante bolsas de risketos que nos dejaban los dedos naranjas y que teníamos que limpiar bien antes de volver a la tarea en aquel pequeño rincón de un almacén olvidado, en una de las esquinas de la Ciudad Dormida.

Tantas tardes de sábado que ayudaron a hacerme como soy, una especie de extraño marciano incapaz de comprender la naturaleza humana y lo que la mayoría califica como “divertido”; tantas tardes encerrados entre pruebas, pruebas y más pruebas… Una y otra vez… Así crecimos juntos durante un tiempo, compartimos muchos kilómetros del camino que es la vida hasta que, un día, decidí bajarme del tren en el que ocho años antes me había subido. El tren siguió su camino y yo el mío… Y puntualmente nos encontrábamos, como aquel día en que llegó a su última parada. Y allí, entre abrazos y lágrimas bajamos todos en la última estación…

A veces coincidíamos entre las calles de esta ciudad que nunca quiso demasiado a aquel pequeño tren de alma de acero, poco elegante para quien piensa en tranvías y trenecitos para turistas. Nos saludábamos, siempre felices por el encuentro, charlábamos de los viejos tiempos y seguíamos cada cual por su camino, con un rastro de sonrisa que tardaba en borrarse; unos eran más fáciles de ver que otros; otros se fueron, volvieron, se volvieron a ir, hubo bodas, nacieron niños… La vida, en estado puro…

Ayer sonó un viejo silbato; lejos, muy lejos de esta ciudad de plástico… Un silbato, una pequeña prueba de que, quién sabe, tal vez aquel viejo tren siga reposando en algún lugar y aún no haya sido desguazado…

Y tras el tren y el tic tac del reloj de una estación, comenzaron a sonar viejos tambores de guerra…

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