A veces, al tocar la guitarra, uno siente que los dedos le van sólos; mira el mástil, los pone en cualquier posición sin pensar (tiene truco la cosa, casi siempre van a posiciones que tienes totalmente interiorizadas), intenta dejar la mente en blanco y que  la inspiración llegue como por arte de magia. Rara vez ocurre. Ayer lo hizo, en forma de La menor.

Dice una línea de mis manos que soy un tipo con suerte; tal vez sea así, la verdad es que no puedo quejarme… Ayer, sin ir más lejos, me libré dos veces de la tormenta… Sesenta kilómetros en moto y ni una gota… A mitad de camino, el local de ensayo… Me cuelgo la guitarra y aparece el La menor ese del párrafo de arriba… Y ¿sabéis qué?… Lo dejé escapar, conscientemente… Que se fuera, volara… Dejé que desapareciera en el aire, nota tras nota, mientras Maikel me acompañaba a la batería, con los ojos muy abiertos, disfrutando de esa magia que fluía y no grabé… Un puñado de notas sueltas… Hola y adiós…

Luego, de vuelta a casa, de nuevo sobre mi moto y con la amenaza constante de la lluvia sobre la cabeza (nunca mejor dicho), intentaron volver a mi, pero no les dejé… No tenía mucho espacio libre debajo del casco…

Así que, por eso, a ese puñadito de notas que ya no volverán les dedico hoy esta entrada en blanco…

Y si decidís volver, ya sabéis donde estoy.

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