Hace sol y el mar está en calma. Aparco mi bici junto a una extraña estatua blanca de más de diez metros de altura, al lado del embarcadero, en la misma plaza en la que hace más de veinte años di mi primer concierto calificable como tal. Corre algo de brisa y no hace demasiado calor; nada que ver con lo que hay previsto para mañana. Veo a los chavales lanzarse al agua despreocupadamente, como se hace todo a esa edad. Hay gente paseando, otros están sentados en los tres o cuatro bancos que hay cerca de la barandilla, mirando al mar, y algunos pescan con caña. Miro alrededor y sonrío… Mi viejo pueblo adoptivo… Nunca me gustó demasiado y mira dónde he terminado…

La pregunta es ¿porqué estoy aquí ahora? La respuesta es fácil. En la otra orilla, enfrente, a menos de doscientos metros, estás tú. No hay mejor razón para estar allí, ninguna. Estás allí, destacando en la distancia, como un faro encendido al que le duelen los pies. Me saludas. Te saludo. Una antorcha vestida de blanco. Mi ligera miopía me impide comprobarlo, pero no hace falta: sé que estás preciosa, como casi siempre. Agitas la mano. Te devuelvo el saludo. Tú en una orilla, yo en la otra, y entre nosotros, un mar. La historia de nuestras vidas. Sé que si saltara al agua para ir nadando hasta ti, cogerías un barco para venir hacia mi y el resultado sería ese: cada uno en una orilla, con el mar en medio…

Charlamos. Te veo moverte, gesticular. Es un poco subrealista. Tan cerca y tan lejos. Tanto que casi duele. A mi alrededor, la gente sigue con sus vidas, ajena a todo. Colgamos, nos despedimos en la distancia y te veo alejarte, en dirección a una terraza de las tres o cuatro que hay en la plaza del pueblo rival. Llegas allí, me saludas de nuevo y te devuelvo el saludo, feliz, como un niño al que le han regalado algo que lleva esperando toda la vida. Aguanto unos segundos más. Saludo al aire, me encojo de hombros, monto en la bicicleta y me voy, mirando hacia atrás una vez más. Como siempre.

Como siempre, de orilla a orilla…

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