– ¿Puedo saber de que te ríes?

La tarde luce magnífica. Desde lo alto de la barandilla, un grupo de chavales se juega la columna saltando al mar. Contra el muro hay sentadas varias parejas; un par de peregrinas con sus mochilas bien cargadas, una joven pareja con un perro liándose un canuto y ellos dos, cada uno con un libro en la mano.

– ¿Nunca te ríes cuando lees?- Pregunta él, evasivo.

– Sí, claro. Algunas veces.- Contesta ella. Él la mira, divertido.

– Pues eso. No es nada. Me he reído, sin más.- Y por si acaso, cierra el libro, sin colocar el marcador. Ha leído algo, en la página treinta y dos, en los tres primeros párrafos, que le ha recordado demasiado a él mismo muchas veces en su vida. Sonríe, levantando la vista al cielo… Esos tres párrafos, y sentado con ella… Ella se vuelve a poner los cascos, tras consultar su teléfono móvil, y se sumerge otra vez en la lectura. Él sonríe aliviado… Uf. Por los pelos…

Vuelve a abrir el libro, relee de nuevo esas líneas, levanta de nuevo la vista al cielo y cierra otra vez el libro. El perro de la pareja de al lado se acerca, curioso, pero se aleja rápido cuando él intenta tocarlo. Un grupo de tres chicos charlan sobre una cámara de fotos antigua y una guitarra acústica, y la pareja de peregrinas habla en francés, muy bajito, creyendo que pueden imaginar el viaje que tienen por delante…

Y a él le entran ganas de, una vez salga de allí y vuelva a casa, volver a hacer su mochila y escribir de nuevo otra carta…

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