La luna juega conmigo en estos momentos: se esconde tímida detrás de las nubes, aparece y se vuelve a esconder. Me hago el distraido, para que no sepa que la estoy mirando, y para que no se crea lo bella que está, luciendo desnuda a través de la ventana.

Hoy me han despertado los rebuznos de un burro al que no sé que siroco le ha entrado. Soñaba yo plácidamente a saber en qué cuando de pronto… Tremendo, de verdad. Y luego claro, la coral de perros del barrio se han puesto a aclamar al excelentísimo cantante. Y yo mismo lo hubiera hecho, de no ser porque eran las cuatro de la mañana. Es lo que tiene vivir a pie de monte, que en verano se te llena la casa de bichos (cosa que no me importa en absoluto), y que con el calorcito, al dormir con las ventanas abiertas, te expones a cosas como esta. Pero compensa que la zona es tranquila, excepto por mis guitarreos ocasionales… Me entra una duda… ¿Algo diario se puede considerar ocasional?

Se me va el santo al cielo… Releo el título de la entrada, veo lo escrito y digo… ¿Qué tenía pensado escribir antes de contar lo del burro? Todavía me quedan dos o tres entradas de las de vacaciones… Una sobre un elefante blanco, otra sobre la mezquita de Córdoba, Sevilla y poco más… Hay otra de tres personas caminando rodeadas de peces, que no sé si escribiré ya que me falta un título adecuado… Y tengo que escribir una letra para una canción… (Lo tuyo también, Javi, tranquilo, lo tengo en barbecho, con la mitad de las fotos descargadas;-))

Es media tarde; tengo ante mi un vaso vacío; bueno, quedan dos hielos y media rodaja de limón. En tu vaso hay otros dos hielos y media rodaja de naranja. Estamos sentados en una terraza de blancas sillas de diseño, en una de las calles peatonales del centro de la Ciudad Dormida. Al lado, un hombre habla con voz potente a través de un móvil que en su caso no es necesario: por muy lejos que esté la persona con la que habla, seguro que le escucha. Sin necesitar teléfono. Te levantas hacia dentro de la cafetería. Continúo sentado, siguiéndote con la mirada mientras te diriges a la puerta. Se cruza contigo una camarera joven de hermosos ojos ella también. Habla con el hombre del teléfono:

– Menudo volumen que usas al hablar.- Dice, suave, bromeando.

– Sí, yo no necesito un cacharro de estos: adonde voy se me escucha.- Dice orgulloso. Bueno, en algo estamos de acuerdo. Lástima que la conversación no me interese. Cambia la cara y añade, en tono desagradable.- Por cierto, menuda manera de echarnos el otro día.

– ¿De echaros?- Pregunta ella sorprendida.

– Sí, estábamos sentados aún y vinisteis y pusisteis el cartel de reservado.- La mira serio.

– Pero si ya habíais pedido la cuenta… Lo hicimos para que, si os ibais y estábamos dentro, no se ocupara la mesa.- Explica ella.

– Ya. Que nos echasteis, vamos.- Sigue él, insistente. Ella niega con la cabeza, sonriendo, y vuelve hacia la barra.

Le leo el pensamiento… Algo de “porque el cliente siempre tiene razón, maldito imbécil prepotente, que sinó te iba a vaciar una jarra de sangría en la cabeza, con hielos y todo… Tres horas ocupando una mesa con un café, ahuyentándome la clientela con tus alaridos por el móvil…”… Aunque igual no está pensando eso, no lo sé… Mi imaginación que me juega malas pasadas…

Pienso en los hielos. Todavía no has vuelto. Miro el fondo de mi vaso, en el que nadan los dos, felices, junto con la rodaja de limón. Me dan ganas de comérmelos, como suelo hacer; meter dos dedos en el vaso, y sacarlos tras un par de vueltas, matenerlos agarrados fuerte con la mano cerrada, sintiendo las gotas frías escapando entre los resquicios y, unos segundos después, llevármelos a la boca. Pero en ese momento apareces y me miras con una gran sonrisa.

Y me olvido de los hielos, que se quedan buceando en el fondo del vaso…

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