No sé muy bien cual pudo ser la causa de que aquello volviera ayer a mi mente; fue algo que pasó hace muchos años y que creía olvidado, pero no. Estaba trabajando, con los brazos metidos en el agua, cuando la escena se volvió a repetir, diáfana, dentro de mi cabeza: una de mis primeras tonterías o estupideces, una más de las muchas que vendrían después. Y es que vivir consiste en eso, en hacer una tontería tras otra, e intentar aprender de las que son errores para superarlas y volver a repetirlas después aún más a lo grande.

¿Qué tendríamos entonces? ¿Quince, dieciseis, diecisiete años? Por ahí andaríamos. La cuadrilla la formábamos gente de lo más variopinto; desde gente bien que acabó muy mal, hasta gente por la que no dabas un duro que acabó triunfando. Seríamos unos diez o doce, mayoría chicos. Chicas había tres, aunque una de ellas iba bastante por libre y no solía aparecer demasiado; mirando retrospectivamente supongo que, vistos algunos de los elementos que formábamos parte de aquella extraña piña, la chica hacía lo que cualquier persona cabal debería haber hecho: mantenerse alejada de allí todo lo posible. Pero en aquel entonces, ya sabéis, la fuerza del grupo y demás…

Con las otras dos, que por cierto eran como uña y carne, me llevaba yo estupendamente. Hasta me atrevería a decir que demasiado estupendamente. Muchas veces quedábamos los tres y nos íbamos a la playa, o a jugar a baloncesto o lo que fuera. Aquellas citas clandestinas no me atraían las simpatías del resto de los chicos, que empezaron a colocarme una inmerecida etiqueta de ligón impenitente.

Había un feeling extraordinario, la verdad… Un extraño trío: una bellísima rubia, una morenita algo entradita en kilos y un chico de melenas en pantalón corto de esos de atletismo y camisetas heavies. Pasamos cientos de horas juntos, charlando, riendo, sentados ante una cocacola compartida… Hasta que hice aquella tontería. Luego, la cosa cambió.

La tontería en cuestión ocurrió una tarde, sentados en aquella plaza cuadrada que ocupaba el espacio y el nombre de la que fue plaza de toros de la ciudad, cuando formulé la siguiente pregunta:

– ¿Queréis salir conmigo?- Me miraron extrañadas.

– ¿Cómo salir? ¿Quedar y tal? Si eso ya lo hacemos.- Negué con la cabeza.

– No, salir como si fueramos una pareja, pero los tres.- Ambas pusieron caras de sorpresa. Al rato, después de intentar reconducir la situación, nos fuimos, cada uno por nuestro lado.

No sé lo que pasó por mi cabeza en aquel momento. Quizá fui un adelantado para mi temprana edad. Quizá el haber sido educados en un ambiente claramente monógamo hizo que, al ir contra el sistema, mis propósitos se estrellaran contra un muro de incomprensión. Al menos fui sincero: a las dos quería un montón. Aquella fue la última vez que estuvimos los tres juntos. Un par de años más tarde, una estúpida leucemia se llevaría a una de ellas por delante, robándole la posibilidad de vivir más experiencias.

Todo volvió con tanta fuerza, que me tuve que sentar. Al funeral asistimos sólo algunos de los que formábamos la cuadrilla, ya disgregada por aquel entonces. Ninguno nos explicábamos como alguien tan joven y con toda la vida por delante… Nos mirábamos y negábamos con la cabeza, incapaces de comprender.

Supongo que para casi todos fue una de las primeras bofetadas de esas que la vida nos sacude de vez en cuando…

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