– ¿Escribirás sobre ello?

– Sí.- Contesta rápido. Demasiado rápido; no sabe qué escribir sobre una palangana rosa, pero como otras muchas veces, su corazón ha traicionado a su mente. “¿Y ahora qué?” se pregunta, sin saber cómo abordarlo.- Escribiré sobre ello.- Siente de nuevo el peso sobre sus hombros; teme decepcionarla.

– Tienes unas bonitas vistas aquí.

– Cierto, por eso quería que lo vieras. Hoy está el mar tranquilo y se podría bajar hasta las rocas. Los días en que las olas rompen, el olor a salitre es intenso, aunque puede ser peligroso estar aquí…

Bajo sus pies, el mar acaricia las rocas que forman la base de la pared de aquel viejo edificio. Es una plácida tarde de otoño, con el cielo casi despejado y el sol brillando sin mucha fuerza detrás de la isla que preside la bahía, repleta de pequeñas chipironeras y de chavales con piraguas. Están de pie, junto a una barandilla de metal y madera a la que poca gente tiene acceso, hombro contra hombro, mirando al mar.

– Y… – Pregunta él.- ¿De qué quieres que vaya la historia?

– Eso te lo dejo a tí; el de los cuentos eres tú.- Le mira. Duele tenerla tan cerca.

– Ya sé.- Sacude la cabeza nervioso; una idea loca ha cruzado su mente como un caballo desbocado.- Si quieres, hago el relato en directo.

– ¿En directo?

– Sí.- Asiente él, poco convencido.

– Pero entonces…- Ella hace gesto de duda.- … Entonces se perderá, como las lágrimas en la lluvia de esa peli que me dices siempre que tengo que ver.

– Bueno, así será todo para tí. Y sólo tú y yo sabremos de su existencia.- Ella asiente.

– Vale.

Se quedan mirando al mar; un pesquero grande que entra en la bahía rodeado de ruidosas gaviotas hace que las pequeñas chipironeras tengan que moverse para dejarle paso. El brillo de la luz del sol reflejándose contra las pequeñas olas hace entrecerrar los ojos. Él se aclara la voz y comienza a hablar.

– Érase una vez, en una ciudad muy lejana en la que casi siempre llovía… Resulta que hubo una pareja que se conoció por casualidad, justo frente a una tienda de frutas.- Ella se gira y lo mira. Él se encoge de hombros y se excusa.- Es en directo, puede haber fallos.

– Vale. Acepto los fallos. ¿La palangana?

– Espera. Todo llegará.- Ella se encoge de hombros.- Resulta que, por casualidades de la vida, los dos solían ir a comprar allí pero nunca coincidían. Hasta que un día, justo el día que cerraban el negocio, salieron a la vez, chocándose y cayéndose toda la fruta por el suelo.

– Entonces van y mientras ella espera, él corre a comprar una palangana donde guardar la fruta. Luego, como no saben qué es de cada uno, deciden irse juntos; se casan, son felices y comen perdices.- Él la mira, divertido.

– Eso es. ¿Volvemos?- Ella pone cara de susto.

– ¡No! Sigue, por favor.

– Recogen la fruta, entre bromas, y deciden ir a tomar un café juntos. Total que se lo pasan bien esa tarde, y se despiden. Ella se va calle arriba y él calle abajo, cada uno con una bolsa.

– Vaya.

– Bien, pues resulta que llegan cada uno a su casa y, al abrir la bolsa, descubren que esa no es la suya.

– Oye…- Ella sonríe.- Eso está muy bien pero está muy visto.- Él asiente.

– Qué quieres… Es en directo…- Se ríen. Tres palomas se posan cerca de ellos; una primera levanta el vuelo enseguida y al rato hace lo mismo la segunda. La tercera se queda, mirándolos de vez en cuando.- Pues resulta que, como ninguno tiene los datos del otro, así, como por arte de magia, deciden volver al día siguiente a la misma hora a la frutería, que está cerrada. Claro, llegan los dos, y ninguno se espera que el otro haya tenido la misma idea. Y al llegar y verse allí…

– Ay… ¡Qué bonito!

– Pues eso. Y se van juntos dando un paseo hasta un viejo embarcadero de madera. Y allí, él… – dice mientras le pasa la mano por el hombro.- … le pasa la mano por el hombro, la mira a los ojos…- La mira a los ojos.- … y dulcemente…- Y la besa. Ella abre los ojos como platos, aunque él no puede verlo, pero se deja ir.

Las marea sigue acariciando el muro de piedras, poniendo una banda sonora que sólo escucha la paloma que los mira atenta. El sol se va ocultando detrás de las montañas del fondo, tiñendo el cielo de colores.

-… Y la besa.- Termina él. Ella asiente. Se quedan en silencio, con una sonrisa. Se abrazan. Se separan y se quedan mirando al mar. Ella asiente, sonríe y pregunta:

– ¿Y la palangana?

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