Resulta que un día, así, uno cualquiera, vas por la calle, miras alrededor y te sientes abrumado por el paso del tiempo. Te sientas en un banco, o en una barandilla, o donde sea, porque necesitas tomar aire y miras al reloj; son las cuatro y media de una tarde soleada de un mes de agosto en el que tienes cuarenta y un años. A tu alrededor pasa gente, caminando sin prestarte la mínima atención ya que, en realidad, no eres más que un elemento de atrezzo en la película de sus vidas. Las palomas picotean en la hierba, las nubes pasan, notas el aire cálido de la tarde y vuelves a mirar el reloj: las cuatro y media de ese agosto del cuarenta y uno. Con suerte estás a medio camino. Con suerte.

Y piensas. Estás en medio, sí. Has vivido, puede que no con toda la intensidad que te hubiera gustado, pero has tenido buenas experiencias en general; has conocido gente maravillosa y a otra gente que no lo era tanto… Unos te siguen acompañando, otros no… E intentas estirar el cuello, para ver que se extiende más adelante… Y claro, no se ve nada…

Tomas aire, te levantas de nuevo y sacas de tu cabeza la brújula. Le das un par de toques, así, fuertes, con los dedos índice y medio juntos, y de pronto, la aguja se mueve. A saber el tiempo que llevaba atascada…

Creo que hace luna llena… Sí… Y quiere jugar conmigo a esconderse entre las nubes…

Feliz fin de verano a todo el mundo…

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