Hoy es una nueva tarde gris en la Ciudad Dormida; densas nubes vestidas de oscuro surcan los cielos perseguidas por otras aún más negras. No llueve aún, pero lo hará; y con mucha furia. La gente camina con prisa, echando vistazos cargados de preocupación hacia el cielo; casi nadie va preparado para la lluvia. Estamos a primeros de un septiembre ficticio, y en estas fechas el tiempo siempre sorprende con bruscos cambios de carácter.

En medio de una plaza de uno de los barrios periféricos de la ciudad, hay una pareja con un niño, sentados en un banco de madera, de los muchos que hay alrededor de los jardines y de las fuentes que lanzan agua hacia lo alto a intervalos regulares. Hay también unos cuantos árboles frondosos, cuyas hojas comienzas a amarillear ligeramente; árboles de tronco recio que parecen llevar siglos en esa plaza, pese a que es de reciente construcción.

La chica de la pareja pelea con el niño, que no quiere merendar. El lee distraído un ebook, al que no presta mucha atención, divertido con los desaires del chaval.

– Podías ayudar un poco.- Dice ella, sonriendo. Él tuerce el gesto.

– A ver, Ander, si no te portas bien y te lo comes todo, te echaré a los tiburones.- El niño sonríe.- No funciona. Al menos lo he intentado.- Ella le mira, seria, pero de broma.

– Ya, ya veo. Con mucha convicción, además.- El sonríe, encogiéndose de hombros.

Ninguno de los dos mira al cielo. No les preocupa la lluvia; lo que tenga que llegar llegará, como siempre ha sido. Él cierra el ebook y lo guarda en su mochila anaranjada, ajada por el sol y la edad. Se queda mirando alrededor, feliz.

– Me gusta este barrio.- Asiente con la cabeza. No hay ruido de tráfico. En una terraza cercana un camarero sirve entre las mesas, llevando cafés a seis o siete mesas que miran al cielo de vez en cuando.- Me gusta, sí. Creo que podría vivir aquí.- La cucharilla se detiene a medio trayecto, y ella dice:

– Es bonito que sientas eso. Aunque hay otras plazas más pequeñitas que también están bien.- Él asiente.- ¿Sientes eso por el tuyo?

– ¿Por mi barrio?

– Sí.

– No.- Ella se sorprende.- No, me gusta tener el monte al lado, pero el barrio especialmente no me dice nada.- La mira directamente a los ojos.- ¿Crees que podría traer el monte aquí?

– Claro. En tu moto.

– No sé… Mejor en tu coche, que es más grande que mi moto, ¿no?

El crío ha conseguido escapar para jugar en los columpios. Caen las primeras gotas, ligeras, de lluvia. Ellos le miran corretear de aquí para allá, controlándolo desde lejos, envidiando esa felicidad despreocupada que sólo poseen los niños pequeños.

– A ti tu barrio te gusta mucho, ¿no?- Pregunta él, con la mirada soñadora perdida en algún punto indefinido. Ella se gira y le mira, seria.- Perdona. No quería molestar, de verdad… Era sólo una pregunta de la que ya sé la respuesta…

– ¿Y tu viejo barrio?

– No sé… Cuando me fui de allí empecé a verlo con otros ojos… Fue como si perdiera su encanto.- Y añade, triste:- Soy un hombre sin barrio.- Ella sonríe, mirándolo a los ojos.

– Sí, pero con ciudad.

– Cierto… Con ciudad…

El niño sube a un tobogán y se desliza hacia abajo sin problemas. Las gotas de lluvia comienzan a caer con un poco más de fuerza. Ella pregunta:

– ¿Crees que la Ciudad Dormida despertará algún día?

– Sí. Lo hará. Lo que no sé es qué pasará entonces.- Ella asiente.- Aunque no creo que importe demasiado.

Empieza a llover con fuerza. Ella se levanta y sale corriendo a por el niño, que mira al cielo con la boca abierta y las palmas de las manos hacia arriba, sorprendido por una lluvia que no esperaba. Él recoge todos los bártulos y camina tranquilo hacia los soportales para protegerse del aguacero.

La cámara comienza a alejarse, fundiendo a negro, mientras suena Untitled #2 de sigur ros, y las primeras letras de los créditos finales aparecen, despacio, blancas y en times new roman por la parte inferior de la pantalla…

Anuncios