Sobre el tejado, había tres gatos; dos estaban juntos y el tercero, un poco más separado. Desde allí, tenían unas vistas imposibles de la torre Eiffel, que parecía un dibujo en tiza y carboncillo sobre un horizonte difuso de tonos blanquecinos. Miraban al frente, en silencio, contemplando un atardecer irreal, como si todo fuese el comienzo de una película de Disney.

– Miau.

– Miau.- Respondió el tercero. El de en medio asintió.

Una paloma cruzó cerca, y los tres la siguieron con la cabeza, de izquierda a derecha, todo el tiempo que voló delante de ellos. Era una tarde de otoño, y las hojas ocres embellecían las aceras, pobladas de caminantes indefinidos, cada uno con su vida, su ritmo y su rumbo; unos se perdían bajo los tejados de las estrechas callejuelas del barrio latino; algunos turistas hacían fotos de todos y cada uno de los edificios que salían en las postales; otros navegaban por el Sena, despreocupados, dejando vagar la vista y los sueños; y una pareja añadía un nuevo candado en el Pont des Arts.

– Miau.

– Miau.- Contestó el tercer gato. El de en medio negó con la cabeza.

El sol se ponía en el horizonte, perfilando la torre y los edificios, alargando las sombras casi al infinito. Las velas iluminaban el centro de las mesas, acompañando a pequeñas jarritas de cristal tallado de las que sobresalía una flor. Los camareros, elegantemente vestidos, hacían guardia al lado de la puerta del local, vigilando que todo estuviera en orden dentro de su pequeño reino contruido de mimbre y cristal.

– Miau.- Dijo el de en medio de los tres.

– Miau.- Respondieron los otros dos, y se levantaron. Giraron la cabeza y vieron al artista callejero que, pincel en mano y lienzo en la mesa, les saludaba dándoles las gracias por haber posado durante tanto tiempo, hasta que el dibujo quedara perfecto…

… dándoles las gracias por siempre…

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