Despierto, abrazado a la almohada. Aún está oscuro y me levanto sin hacer ruido; mis pies se deslizan con cuidado sobre la madera desnuda, entrenados en el silencio. Cierro la puerta y voy a mi estudio. Cojo una guitarra, la eléctrica, y el ordenador y así, cargado de trastos, salgo hacia la sala. Cierro la puerta. Conecto el Wi-Fi y enciendo el ordenador. Son las dos de la mañana. Miro por la ventana: tras el cristal, la lluvia golpea los cristales y el viento sacude las copas de los árboles. La luz de las farolas se refleja en los charcos y juega haciendo halos con la bruma. Una noche agradable, sí.

Ningún mensaje. Silencio. Me siento, en el sofá. Cojo la guitarra, pero mis manos no tienen duende esta noche. Rasgo un par de acordes con desgana. Vuelvo a dejar la guitarra. Cojo el ordenador. Intento escribir algo, pero mi mente no tiene duende esta noche… Esta noche de lluvia, que refleja mis sentimientos. Apago el ordenador. Y el Wi-Fi. E intento apagar mi mente, pero no lo consigo; esa sigue su propio ritmo, casi siempre acelerado. Y hace. Y deshace…

Y decido hacerla volar en el mundo de la intrascendencia, allí donde nada importa y todo se diluye como los azucarillos en el agua; planeo las etapas del próximo viaje, diferente al inicialmente planeado: dos viejos compañeros que lucharán juntos contra ellos mismos, contra la lluvia, el viento, el sol, las pocas horas de luz, el frío y los kilómetros. Y sí, reitero, contra ellos mismos, su peor enemigo. A mano derecha irá el mar, a la izquierda las montañas. De Este a Oeste. Unos cuantos días.

Y así, soñando con hierba, vacas, flores, queso, bicicletas, pedales y señales de tráfico, me quedo dormido.

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