Esa vez fue diferente: siempre que empezaba un viaje de estos lo hacía con ilusión, lleno de entusiasmo… Pero esta vez no. El viaje que quería hacer era otro, recorriendo tranquilamente los castillos de la región del Loira en Francia, como si fuera un paseo… Imaginando la vida en los mismos, un mundo de caballeros, reinas, princesas, lacayos, yelmos, escudos, espadas, traiciones, mentiras y violencia… Un mundo no demasiado diferente del actual, en el que se combate con armas y, en Europa, con dinero.

Y no pudo ser. Como alternativa se presentaba la opción B, de nuevo, otra vez más, el Camino de Santiago, aunque esta vez por su variante norteña, según dicen la más dura. Bueno, uno es serio y responsable y decidió buscar mapas, tracks de GPS y ponerse a entrenar en serio. Y casi lo consigo… Los mapas perfecto; los tracks, en trocitos cómodos, y el entrenamiento… Sí, ahí fallé… Un día de entrenamiento no es suficiente. Ni de lejos.

Pero no había tiempo para hacer mucho más; el cambio de planes a diez días de la salida me trastocó todo. Además, a la aventura se unía mi amigo Ingwie, un famoso guitarrista rubio originario del norte de Europa. Se me iba a hacer extraño esto, acostumbrado a viajar sólo cuando voy con la bici, al menos los últimos años (si exceptuamos la vuelta a Holanda, pero eso fue un paseo).

Bien, la cosa pintaba complicada: Camino duro, sin entrenamiento, con una parrilla de la que no me fiaba demasiado, unos mapas sacados de un libro, El Camino del Norte de Juanjo Alonso, libro que acabaríamos considerando una de las mejores obras de la literatura humorística publicadas en este país (Juanjo, con cariño, como consiga tu dirección, te lo reenvío, para que le des mejor uso que yo… No sé, calzar una mesa, tal vez…)… y preparación física inexistente a la que se unía un apetito voraz durante los últimos meses.

Pero ahí estaba. El sábado, a las tres de la tarde, justo al lado de un afamadísimo restaurante que hay en la Ciudad Dormida, esperando que apareciera tarde como de costumbre mi siempre puntual compañero, para dar juntos nuestras primeras pedaladas que, a través de unos doce o trece días, nos conducirían a la otra punta de la península ibérica…

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