Suena un despertador. Es un móvil. Abro los ojos. Nada me suena, aunque tardo menos que ayer en reconocer el lugar. Y recuerdo un partido, unas patatas con croquetas y una pechuga de pollo con roquefort. Hay que desayunar. Bajamos.

En la sala que hace de comedor está un grupo de ruidosos franceses de esos a los que no se debería dejar salir sólos de casa, un grupo de casi sesentones que han debido dejar aparcadas en casa a sus esposas (siento la palabra, pero me da que eran de esos) y venirse al tercer mundo a pegarse la vida padre. Desayunamos un zumo de tetrabrick de a euro los cinco litros en oferta tres por uno (o sea, quince litros un euro, para que se vea que soy de ciencias) que no sé de qué es (pone que de naranja, pero en mi vida me he tomado una que sepa así), junto con pan que tostamos en una tostadora a la que hay que poner un peso en la palanquita para que tueste. El problema es que cada vez que lo ponemos, aparece un francés que quita la tabla de cortar el pan (que es lo único con peso suficiente) y nos fastidia el invento. A la décima ya entienden qué es lo que estamos haciendo.

Terminamos el desayuno, monto la bici y salgo. Me entretengo esperando a mi compañero haciendo unas fotos. Salimos los últimos, como ayer; no dan medalla por salir el primero. La parrilla parece que va bien, después del ajuste de ayer. Y parece que va a hacer buen tiempo. Bien, la cosa promete.

Mi compañero saca la bici, sus alforjas, deja la llave donde nos habían dicho que había que dejarla, en un cestito dentro del albergue, y cierra la puerta. Y entonces las ve: debajo del asiento de la entrada, sus zapatillas de andar en bici. Sonrío. Toca buscar una entrada alternativa; una ventana despistada, una puerta trasera… Una ganzúa… Damos un par de vueltas a la casa. Nada. Fantástico. Le veo nervioso, no por el calzado, sino por el retraso que esto puede suponer. Leo en la entrada que abren a las nueve de la mañana. Se lo digo. Son las nueve menos cinco. No pasa nada entonces. Saco el libro (o lo que sea) de Juanjo Alonso y miramos el perfil de la etapa. Bien, empieza bien; un llanito de ocho kilómetros… No como ayer, subiendo nada más empezar. Llega una chica, que nos abre, se calza y salimos.

Recorremos las calles de la ciudad y encontramos las flechas, que nos llevan por un camino diferente pero paralelo al que tengo marcado. Y el llano de ocho kilómetros resulta que tiene rampas del veinticuatro por ciento sobre piedra suelta. Unos kilómetros después vemos Muxika unos muchos metros por debajo nuestro. Y pienso que seguro que ahora toca bajar. Y claro, se nota la experiencia: toca, vaya que si toca. Y al llegar abajo, otra vez a subir un nuevo puerto que esta vez sí estaba previsto.

Durante este tramo del viaje nos acompañan el señor Rajoy y el señor De Guindos, a los que supongo que les zumbarían durante un buen rato los oídos. El asfalto hace cómodas las pedaladas, pese a lo desagradable de los personajes que se nos han juntado. Llegamos al alto y bajamos hacia Zamudio.

Desde aquí hasta la playa de Ziérbana hay treinta kilómetros que habría que eliminar de la faz de la tierra (quitando el alto de Artxanda), al menos en lo que a camino se refiere. Mira que ha mejorado Bilbao los últimos años… Pues nos lleva por la calle San Francisco, la misma que recorrí hace muchos años una noche, haciendo footing en pantalón corto cargado con una mochila en la que llevaba más de doscientas cincuenta mil de las antiguas pesetas, recaudación de un concierto que acabábamos de dar… Jeje… Qué tiempos aquellos, en que los músicos cobrabran algo… Todavía recuerdo tirados entre la acera y los soportales algunos borrachos, o yonkis, o cadáveres, no sé… No iba a parar para comprobarlo… Se deja esa calle, repleta de coches patrulla, y seguimos recto hacia la salida que lleva a Barakaldo… un paseo maravilloso si te gusta el ruido del tráfico y tu tono favorito es el gris polución.

Comemos algo en un banco, enfrente de una gasolinera en la que hemos comprado unos donuts, una cocacola y un helado: que viva la dieta mediterránea. El chico de la gasolinera, otro premio Euskadi a la cordialidad, nos sella la credencial con gesto desconfiado. A lo lejos parece que se está levantando una poderosa galerna. Igual toca masticar un poco de arena.

Llegamos a la playa de Zierbana, preciosa. La mar está en calma, la gente pasea con algo de ropa, pues el viento es fresco, las nubes corretean alegres por el cielo… Parece que la galerna ha decidido entrar por el valle de al lado. A nuestro lado, tres vagabundos se cuentan batallitas en las que presumen de sus diversos encontronazos con las fuerzas de orden público. Uno lleva flauta y perro; supongo que será el jefe… Nos comemos un par de las manzanas de las de ayer, que nos dejan bizcos un rato, y salimos dispuestos a recorrer los últimos kilómetros de esta tierra, allí de donde somos (sí, ya sé que me repito, lo siento… Bueno, tampoco demasiado…).

Más kilómetros de asfalto, por la vieja carretera de la costa, rumbo a Castro Urdiales, ciudad satélite de Bilbao. Entramos en el último puerto del día, con una nueva buena pendiente, para no variar. Y allí, en el alto, divisando Castro a lo lejos, abandonamos nuestra tierra para adentrarnos en…

… Las Tierras Medias…

Anuncios