Llevamos ya un rato pedaleando bajo un sol espléndido aunque fresco. Hemos abandonado la odiada carretera y vamos arrastrando de nuevo la bici por una pista intransitable pero maravillosa, bordeando un acantilado que da al mar. Nos montamos en un tramo ciclable y entonces me fijo: una de las alforjas de mi compañero va colgando. Le aviso y paramos. Se ha roto uno de los enganches. Tumbamos las bicis, sacamos la herramienta y se pone a mirar cómo solucionarlo. Saco la cámara, inmortalizo el momento, veo un caballo a cincuenta metros y me acerco. Está dentro de una verja, atado a un poste. Tiene un pelaje precioso. Arranco unas hojas y se las ofrezco. Me mira desconfiado. Se acerca, poco a poco. No lo miro a los ojos, para no asustarlo (con algunos peces funciona). Coge las hojas y voy a por más. Se acerca más confiado, coge las hojas, bajo el brazo sin querer y toco la verja. Los dos damos al unísono un salto en dirección contraria: la verja está electrificada, bonito modo de descubrirlo. El caballo ya no quiere saber nada de mi. Normal. Ni yo de la verja.

Estamos de nuevo en marcha. Lo de la alforja se ha solucionado con el candado del otro día y pasando un cierre de una alforja a otra, aunque es algo provisional. Provisional hasta que dure. Pasamos Islares, bordeamos una preciosa entrada del río y empezamos a subir otra cuesta interminable. Miro el mapa. Según entiendo, hay que dirigirse has Oriñón. Seguimos subiendo, hasta ciento ochenta metros de altura. Marca la entrada a Oriñon, hacia abajo, y nos lanzamos a tumba abierta. Hay mucha pendiente. Y llegamos al fatídico letrero: Camino sin salida. Estamos a nivel del mar. La bajada, kilómetro y poco. Echad cuentas de la pendiente. Remiramos el mapa. Error. No era por aquí. Otra vez hacia arriba.

Pedaleamos hacia Laredo; por fin un tramo algo largo ligeramente llano o en bajada suave. Entramos en el Benidorm del Cantábrico, un conglomerado monstruoso de altísimos edificios junto a una playa kilométrica (si me lee alguien de Laredo lo siento, como contrapartida le dejo decir que la Ciudad Dormida también lo es, si así lo piensa). Entramos a repostar en una carnicería situada en una calle estrecha atestada de gente. La chica que nos atiende, de hermosos ojos, nos sonríe con lástima… Chica, no sé, dos hombres adultos, en mallot ajustado, barrigas incipientes, camisetas de colores chillones, casco de ciclista, guantes con los dedos recortados, sin afeitar tras varios días, sudados y manchados de barro… Lo más sexy que vas a ver hoy, seguro…

Atravesamos Laredo por el paseo de la playa en dirección al embarcadero para pasar a Santoña. Nos cruzamos con un individuo que no se aparta de su carril pese a estar el ancho paseo totalmente vacío. Llegamos al embarcadero que no es tal, sino un sitio en la arena y esperamos. Sigue el sol, pero hace fresco. Las vistas hacia Santoña son hermosas y la bahía de la ría de Treto es una gozada. Subimos como podemos al barco, con las bicis y las alforjas al hombro.

Llegamos a Santoña. Nada más bajar, un crío se separa de la fila de alumnos de un colegio y viene corriendo hacia nosotros.

– ¿Sois peregrinos?

– Sí, claro.- Responde mi amigo.- ¿En qué se nota?.- El chaval sonríe.

– Yo también he sido peregrino. El año pasado…- Un grito lejano de la maestra corta la frase y el niño sale corriendo a su puesto en la fila.

– Joe. Tan pequeño y ya ha hecho el Camino.

– Sí. Alguna vez me he encontrado a alguno.- Respondo.- Creo que es una buena experiencia para ellos.

– Tal vez debería llevar al mío…

– Si se entrena un poco…

Salimos de Santoña por el único tramo de más de cinco kilómetros llano que nos encontraríamos en todo el viaje. Miramos a derecha e izquierda; hay garzas en las salinas y las nubes se reflejan en el agua. Avanzamos a buen ritmo, por primera vez desde el comienzo. Llegamos a Escalante y paramos a comer en una plaza desierta. Nos hacemos un bocata de chorizo, que sabe a gloria. Me tumbo mirando al cielo; las nubes empiezan a ir demasiado rápido para nada bueno y algunas son bajas.

– Hoy igual libramos… Mañana no creo.- Comento.

– Estamos teniendo una suerte increíble con el tiempo… Es octubre.

– Sí.- Me levanto. No acabo de entrar en calor. Mi amigo sigue entretenido con su bocadillo. Me alejo con la cámara. Miro al cielo de nuevo. Las nubes comienzan a cubrir el azul, con lo que me gusta ese color…

Salimos rápido, aunque equivocamos camino. Damos varias vueltas, pero todos los carteles nos mandan a Güemes. Al final nos decidimos por una carretera que marca Galizano, que está unos kilómetros por delante y cerca de la costa. Nos seguimos encontrando carteles que indican Güemes. Llegamos a Galizano tras haber dejado el tan nombrado pueblo unos kilómetros detrás, a la izquierda. Seguimos por un andadero unos kilómetros (a lo largo de los cuales sigue habiendo referencias al pueblo en cuestión) y tras cruzar un puente llegamos a Pedreña, donde hay que subirse en otro barco que te lleva a Santander.

Nos subimos al barco, tras saludar a una guapa chica de gafas grandes y vestido floreado y que al final resulta que también viene, acompañada por una amiga. Colocamos las bicis como podemos y zarpamos hacia la capital de Cantabria. A la derecha (a babor) queda el castillo de la Magdalena y a la izquierda la inmensa bahía. Hay cientos de gaviotas en un arenal cercano y nos cruzamos con un par de botes de pescadores.

Observo a la chica de vestido floreado; tiene la mirada, triste, perdida en el horizonte. Su amiga, sentada detrás de ella, la abraza, pasando sus manos por la cintura, apoyando su barbilla contra su hombro. Se gira y le da un beso en la mejilla. Ella sonríe. Gira su vista hacia mi. Saludo con ademán breve de cabeza. Sonríe y me devuelve el gesto, y vuelve a mirar al horizonte. Saco mi cuaderno y escribo una línea, “la chica de las gafas grandes”, para no olvidarme de ella. No sé porque lo hago… Tal vez porque no volveré a verla y quiero tener un recuerdo… No sé…

Cruzamos Santander con la bici en la mano; demasiada gente para ir montados sin atropellar a nadie. Otra capital más, con su gente y sus prisas, con sus tiendas que venden exactamente lo mismo que en otras ciudades, con sus guardias de tráfico charlando en cualquier esquina… Con esos miles de hormigas correteando aleatoriamente de un lugar para otro… Viviendo, nos olvidamos de vivir…

Salimos de la ciudad en dirección Boo de Piélagos, última etapa del día. Quedan apenas catorce kilómetros para llegar. Circulamos por las afueras, que es como todas las afueras; suciedad, grafitis sin sentido, calles en las que no te meterías sólo, algún coche abandonado, bolsas de plástico contra las verjas metálicas… Y un poco más adelante, vemos a una peregrina solitaria… Según vamos avanzando lo notamos, en la manera de vestir: es de allí de donde somos. Le saludamos pero no con un “buen camino” sino con el inevitable “aupa!” (al que faltaría añadirle un “rediós!”). Se ríe y nos devuelve el saludo.

Llegamos a Boo tras pasar cerca de varias de urbanizaciones abandonadas a medio terminar, cadáveres de una crisis causada por el deseo de algunos de enriquecerse rápidamente… Esqueletos de cemento que antes de morir devoraron las verdes laderas y todo lo que se puso por delante.

El albergue es la casa particular de Piedad, un encanto de mujer que nos atiende como si fuéramos familiares venidos de un largo viaje y consigue que, por unas horas, nos sintamos como en casa. Toca hacer las tareas de todos los días; limpiar, ducharse, escribir otro par de líneas… Y nos sentamos en la terraza del albergue, en un primer piso desde el que se ve el campanario de la iglesia y el atardecer, con millones de colores, que avisa para no ser traidor de que el tiempo va a cambiar….

Nos quedamos charlando allí de amigos comunes y no comunes, y de las personas que son importantes en nuestra vida, hasta que el frío de la tarde nos hace volver al calor del hogar…

Anuncios