Comenzamos a dar las primeras pedaladas envueltos en un grueso manto de niebla. Nuestro destino, Llanes, un poco lejos aún. Es una mañana fría y húmeda y aunque no llueve todavía, hoy no nos libramos. Todo es gris alrededor y no tiene pinta de cambiar a mejor.

El pedaleo es cómodo y tranquilo, una vez habituadas nuestras piernas al incesante subir y bajar del camino. Seguimos echando de menos un largo tramo llano en el que descansar y avanzar deprisa a la vez, pero ya se sabe: como rezan muchas camisetas que venden en Santiago, sin dolor no hay gloria.

Llegamos a Santillana del Mar, un pueblo medieval hermosísimo un poco orientado al turismo, en el que merece la pena ver el museo de la Inquisición (o de la tortura, no recuerdo su denominación exacta) en el que podemos redescubrir lo maravillosamente dispuesta que está la mente humana para crear dolor y sufrimiento. Antes de visitarlo (después igual no apetece) es recomendable tomarse una ración de quesada con leche de verdad, no de la que compramos plastificada en las grandes superficies (y que acompañamos con fruta de plástico, preciosa, eso sí, en la bonita cesta de colores que cogemos a la entrada).

El frío empieza a hacerse intenso y las nubes avanzan formando un frente compacto impenetrable; hoy nos mojamos, sí o sí. Así que sin perder demasiado el tiempo, compramos unos sobados y salimos zumbando para Comillas. Las primeras gotas hacen acto de presencia, sólo para avisar que en breve nos llegarán con refuerzos.

Pasamos Comillas después de ver rápido y desde fuera el capricho de Gaudí, y de ver una oferta de trabajo (a la que saqué una foto) de tanatoesteticista… Y es que tiene que haber de todo en este mundo… Hasta tanatoesteticistas, a los que seguro que no les falta trabajo ni en tiempos de crisis…

Pedaleamos con calma a buen ritmo, rumbo a San Bustamente de la Barquera, antes del cual vemos unos humedales con cañas partidas y garzas revoloteando que merecen una parada para intentar fotografiar. Comienzan a caer otras gotas tímidas; afortunadamente, la lluvia sigue respetándonos. La jornada está fresca, pero poco importa si vas dando pedales.

Entramos en San Bustam… Ay… San Vicente, donde nos comemos una paellita y descansamos un poco. Dentro del bar hay un poster de Busta y otro de Shakira; él parece un cantante demodé, un poco vintage ya, y la otra luce un rubio brillante purpurina de portada de disco Disco, con tantos brillos que me dan ganas de entrar con las gafas de sol puestas.

La salida de San Vicente es muy cuesta arriba. Mucho. Y tenemos ambos la tripa llena; yo bastante más llena, ya que mi amigo Ingwie sabe contenerse mientras que por mi parte soy como un saco sin fondo. Subimos y bajamos por carretera un montón de cuestas, sin llano, hasta que después de un tramo de asfalto con camiones decidimos internarnos por un camino de tierra marcado con las inseparables flechas amarillas. Gran error.

La pista asciende infernal en un sendero impracticable de barro y piedra, que hacemos descabalgados. Cuando llevamos quinientos metros empujando en medio de un zarzal estrecho (que destrozará los bolsillos laterales de las alforjas y los calcetines que llevo en ellos) encontramos una zanja que hay que salvar. Pasamos una bici, como podemos, entre los dos, luego la otra, y luego nosotros. Seguimos avanzando, arañándonos las piernas, durante otro medio kilómetro interminable, hasta que vemos que el camino se ensancha unos metros más adelante. Por fín. Pues no: bajada de más de un veinte por ciento en terreno altamente inestable (mi compañero cae dos veces y yo estoy a puntito de hacerlo varias veces) de barro, arena y piedrilla.

Llegamos a la carretera, Miramos hacia arriba y vemos el letrero, a lo lejos, en el que hemos cogido el desvío: hemos hecho como un kilómetro de arañazos y sufrimiento en lo que eran quinientos metros de bajada por arcén. Reímos; claro, no queda otra.

Pasado Unquera cogemos una pista que marca como desvío provisional del camino del Norte. Empieza a hacerse tarde. El tiempo nos ha respetado hasta ahora, pero cada vez hay menos luz. Hay que darse prisa y Llanes está aún lejos. Y nos metemos en el sendero, maravilloso, que nos lleva pegados a la costa, atravesando un bosque, acercándonos a solitarias playas de piedra en las que rompe el mar calmadamente, fundiéndose en el horizonte con el gris del cielo… Paramos y hacemos unas fotos, para recordar el lugar y volver, quién sabe, más adelante.

Aceleramos el ritmo. Se hace de noche. Llevamos cerca de cien kilómetros pedaleados hoy. Nos lanzamos por una larga bajada desde la que se ve una playa de postal y entramos en Llanes, ya casi sin luz, aunque milagrosamente secos. Llegamos al albergue, en la estación, recogemos, nos duchamos y salimos a cenar. Compartimos habitación con un belga enorme del que ya he hablado y con el que charlamos un rato en inglés, macarrónico el mío y bueno aunque con un terrible acento el de mi compañero.

Y a la noche me despierto. Y me quedo escuchando Valtari, de Sigur Ros, pensando en las grandes tonterías que uno hace en la vida, mientras miro las láminas del somier de la litera de arriba, que amenazan con hundirse sobre mi… Sonrío, me limpio las lágrimas e intento dormir…

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