Me despierto. Escucho pasos alrededor; es el gigante belga recogiendo sus trastos. Me siento como si hubiera estado toda la noche de fiesta. Intento dormir un poco más.

Abro los ojos al rato. Es de día. Mi compañero tiene a medio preparar sus cosas. Me siento sobre el borde de la cama y me froto los ojos.

– ¿Qué tal la noche?- Pregunta.

– Puf. ¿Y la tuya?

– Puf. Menudo concierto. Menudos subgraves.- Sonrío.

– Ya. Lo siento.

– No, si esta vez no has sido tú.

Me asomo a la ventana. Chispea, aunque a ratos se ve el sol entre las nubes. Nos desayunamos los sobaos de Santillana y un yogur bebible que compramos en un supermercado. Preparamos las bicis, junto con tres chicos vizcaínos que llevan bicis con carrito, al que unos días antes partieron el eje.

Salimos. Damos una vuelta por Llanes ya que el día anterior llegamos de noche y no lo vimos. Nos acercamos al puerto y hago un par de fotos. No recordaba así el pueblo de una vez anterior que estuve. Es tarde, son más de las diez y hay que ponerse las pilas. Arrancamos.

Hace sol, aunque las nubes cada vez son más negras. Por el mar vemos cortinas de agua que afortunadamente no llegan a la costa. Cerca de la playa de San Antolín nos visita una de esas cortinillas, que hace que pongamos por primera vez los plásticos a las alforjas… Cinco días sin lluvia llevamos… Tampoco nos podemos quejar…

Cerca de Ribadesella el asfalto se convierte en una pista de tierra en buen estado. Hacemos una parada para comprobar que todo está en su sitio (las alforjas de mi compañero están sujetas con bridas ya que se han roto todos los cierres y uno de los tornillos de mi parrilla se afloja solo y hay que atornillarlo cada pocos kilómetros), y cerca de una valla con vacas nos comemos un puñado de almendras. Las vistas son hermosas; el prado verde, las vacas, algunos árboles, la pista de tierra, como una herida dorada en la mitad del monte, el cielo azul, nuboso y al fondo, el mar…

Llegamos a Ribadesella. No es muy tarde pero en unos cuantos kilómetros no tenemos nada por delante, así que igual es mejor comer algo. Nos cae la primera chaparrada seria y nos cobijamos bajo un árbol frondoso. Creo que es una señal de que es aquí donde tenemos que hacer la parada del mediodía. Me acerco a una pastelería cercana a por un par de bebercios, una cocacola y un té enlatado. Abro la puerta y entro.

Dentro, la oscuridad es casi total; está adornada profusamente, decorada hasta en los detalles más mínimos… Todo tiene un aspecto estupendo, aunque tiene pinta de que el precio también va a ser estupendo. Pero está tan oscuro que casi no se ve nada. En la barra hay dos individuos, tomando algo. Los dos están en silencio, serios; el más joven, con la mirada perdida en la pantalla de su teléfono móvil; el mayor con la mirada perdida en algún punto imaginario detrás de la barra… Viste ropas de pana raída, que parecen llevar sobre la tierra el mismo tiempo que él. El camarero está enfrente, tras la barra, con delantal blanco y manos a la espalda, como si fuera un padre regañando a sus hijos alcohólicos. El silencio es absoluto… Pedir algo me parece una ofensa mayor que hablar en una biblioteca en época de exámenes… Pero lo hago, pago y salgo.

Nos bebemos la lata en un paseo, al lado del río. Sabemos que va a llover y que hoy sí que no nos libra nadie de una buena calada. Mi colega, el famoso guitarrista sueco, decide ir al bar, a comprobar él mismo lo que le he contado, y de paso a comprar un par de bocadillos. Vuelve sonriendo, asintiendo y con un par de buenos bocatas. Cuando salimos son aproximadamente las dos y cuarto. Y el cielo se ha vestido de luto.

Reanudamos el camino y nos acercamos a la playa; el mar está brioso, sopla un viento frío, fuerte por momentos, cargado de humedad y olor a salitre. Nos miramos y negamos con la cabeza; las nubes corren alegres por el cielo: su momento está a punto de llegar.

Y así es: apenas recién salidos de la playa, nos cae el primer chaparrón inmenso. Nos refugiamos a todo correr debajo de un árbol enorme que hay a un lado del camino, esperando que calme un poco, pero no lo hace. Diez minutos más tarde salimos de nuestro precario refugio y nos sumergimos en ese mar que nos cae del cielo.

Al poco, la cómoda carretera se convierte en una pista de tierra todavía en buen estado. Pero las que vengan a partir de ahora, cuando se empapen bien de agua (y bien de agua es lo que lloran las nubes) dejarán de estarlo. Avanzamos rápido, con los cinco sentidos puestos en la pista, de la que salimos en un pueblito llamado Berbes.

Visto lo que cae, optamos por seguir por carretera hacia Colunga, pueblo al que llegamos helados y aburridos de la lluvia. Paramos cinco minutos y retomamos la carretera, por la que vamos cruzando a través de una lista interminable de pueblecitos de dos casas.

El cielo se va cerrando cada vez más. Y cerca del destino que hemos decidido, Sebrayo, nos metemos de nuevo en una pista. En esta ya no hay tierra; se ha convertido en un lodazal que está a punto de mandarnos al suelo varias veces. Además, empieza a oscurecer, y ahí estamos, en mitad de la nada, con el calzado empapado y lleno de barro, rodeados de maleza cerrada, tanto que toca empujar las bicis.

Llegamos a Sebrayo. Estamos calados por dentro (sudor) y por fuera (diluvio). El pueblo son cinco casas sin ningún servicio; no hay bar, ni tienda… Justo el albergue. Entramos y nos dicen que la que lo lleva vive en la casa de al lado. Vamos a buscarla y nos explica las condiciones: el agua no es potable y hay poca, por lo que la ducha debe ser rápida, las bicis mejor dejarlas detrás de la casa, que otro lugar no hay, no hay tienda, el restaurante más cercano está a cinco kilómetros monte a través (o sea, sin luz) y a las siete viene una furgoneta en la que venden cosas.

Entramos en el albergue; una habitación con veinte literas llenas de colchones viejos, algunos con agujeros. Tal vez sea por la lluvia, pero el olor es cualquier cosa menos agradable (pensamos que tal vez alguien… No sé… Pero no, al rato sigue oliendo igual), hace un frío del carajo y además hay bastante gente.

Os presento a Cristofer (sí, así escrito); Cristo para los amigos, así que lo dejaremos en Cristofer. Es un individuo de unos veintimuchos años, sonriente y charlatan que hasta te entran ganas de matarlo. Habla como si fueran dos personas: él y al que se ha comido y lleva dentro. No calla. Miras alrededor y ves que está todo el mundo hasta el gorro de él. Cuando llevamos cinco minutos allí ya sabemos que es albañil, que hace el camino por una apuesta que va a ganar, que le gustan las mujeres, que un día caminó sesenta y cinco kilómetros y llegó al albergue a las dos de la mañana (respuesta-pregunta: ¿tienes prisa por terminar? Respuesta: ….) y muchas otras cosas… Que lo que huele mal es el agua de la ducha, que tiene un odio atroz a los cuatro franceses que hay en el albergue porque no le hablan en cristiano y que si están aquí tienen que hablar lo que se habla aquí (lo que se dice tolerante, vamos) y un largo etcétera de perlas que va soltando que hacen que intente poner distancia.

– Oye.- Le corto.- ¿Tú donde te has puesto?.- Sonríe ilusionado.

– Ahí.- Señala una cama al lado de la puerta.

– Vale.- Y me voy a la otra punta.

Hay un grupo de cuatro franceses que se dividen en dos subgrupos. Por un lado, un francesillo mayor, muy educado, que va sólo y hace la guerra por su cuenta y luego tres que vienen a tierra conquistada. Uno de ellos me entra preguntando algo en francés, a toda velocidad, le pido que me repita un poco más despacio, pone cara de desprecio y me lo repite igual de rápido o más. Me encojo de hombros, como si no le hubiera entendido, le digo un “lo siento, no comprendo”, y me voy a la ducha (cuya agua huele a cualquier cosa menos bien).

Salgo y el cuarto francés me pregunta, educadamente y tras decirme que no habla castellano, que donde se puede cenar algo. Le explico, en francés manchurriano pero francés, que hay un restaurante a cinco kilómetros por monte, pero que si se les llama sirven al albergue (aunque es un poco caro) y que a las siete viene una furgoneta con cosas. Mientras le explico todo esto, uno de los otros franceses pasa y me mira sorprendido; le dedico la mejor de mis sonrisas y me voy a mi litera, a extender la ropa para ver si se seca.

Fuera sigue lloviendo; una densa niebla va engullendo el valle poco a poco haste el punto que casi no vemos la casa de enfrente, que está a diez metros escasos. Cristofer sigue rajando a voz en grito para todo aquel que quiera escucharle.

En esto llega una chica, Nuria; una morena alta, de treinta y tantos años, sonriente, agradeciendo haber llegado con los últimos restos de luz que quedaban. Cristofer le pega un repaso de estos que consiguen que te de vergüenza ser de sexo masculino y allí va, como el cazador tras su pieza. Ella se lo saca hábilmente de encima y nos pregunta, a mi compañero y a mi, que qué literas están libres y, sin que el otro se de cuenta, dónde está situado el impresentable éste. Le señalo como libre la que está cerca de la mía, pero debajo (la mía está bajo la ventana, gran error).

Cinco minutos más tarde, Cristofer, con la excusa de que en la litera de al lado hay enchufe, se tumba en la cama que está junto a la de ella. Nuria pone cara de resignación, coge sus cosas y se va a la ducha. En esto llega la furgoneta y hacemos todos un poco de compra. Mientras mi compañero recoge sus trastos y verifica varias cosas en la bici, cojo el libro de lectura (Hacia el trono de los dioses, de Tichi), mi cuaderno verde y me escapo de los territorios de Cristofer (del que ahora sé que es hincha del Madrid). Subo a la planta de arriba, abrigado y me siento en una silla libre que hay. Al lado lee una alemana con cara de pocos amigos a la que saludo con un ademán de cabeza y que creo que devuelve (no me apostaría nada de valor).

Me siento mirando a la niebla; se está bien ahí, aunque hace bastante frío. Dejo los trastos sobre la mesa y dejo a mi mente vagar. A los tres minutos sube Nuria. Le sonrío, y me sonríe. Sin decir nada, me hace un gesto con la mano que nos hace reír a los dos, dando a entender que no puede más con el tío ese. La alemana suelta un bufido para que sepamos que la molestamos; lo siento por ella, pero no hay otro sitio donde estar tranquilos… Hablaremos bajito.

Nuria se sienta enfrente, en silencio. Compartimos el paisaje: nada para ver excepto una farola tragada por la niebla. Le ofrezco mi lata de cocacola, de la que acepta un trago.

– Vaya tío.

– Sí.- Contesto.

– ¿No intentará nada por la noche, verdad?

– No creo. Estamos muchos. Además, no creo que sea peligroso. Es un pelma, nada más.

– Ya. Lo malo es que siempre se te pegan los que no quieres que se te peguen y los que no te importaría que se acercaran, pues… Nada.- Me río.

Charlamos de cosas intrascendentes, del trabajo, de la vida, de cómo hace el camino (su hermana va unos días por delante). En un momento, dejamos de hablar y se pone a escribir en su cuaderno, un diario de viaje. Le dejo hacer y miro como escribe; tiene letra bonita. Al rato se detiene y me sonríe otra vez, excusándose:

– Es que me gusta llevar un diario de lo que hago al día, de la gente que conozco…

– Sí, yo hasta este viaje hacía lo mismo… Y hasta este viaje siempre escribía una carta que luego enviaba… Pero esta vez me está siendo imposible.

– ¿Por algo en concreto?

– Sí. Falta de tiempo. Pedaleo, como y duermo. Poco más hago.- Sonríe. Volvemos a quedarnos callados, sin que el silencio sea incómodo.

– No sé… Creo que hay gente con la que conectas de manera especial, así, rápido… Incluso sin conocerles de nada.- Me mira y sonríe. Asiento.

– Yo creo que el Camino es como una vida completa… La inicias (naces), conoces gente que te acompaña un tiempo, luego te abandona, otros aparecen, se van… Y al final termina (mueres).- Mira al horizonte.- Pero también creo que las cosas del camino se tienen que quedar en el Camino, y la gente que en él conoces, también.

– Pero eso es una pena…- Asiento.

– Ya. Es mi forma de verlo, aunque tal vez esté equivocado.- Sonríe. Sube mi compañero. Empezamos a hablar los tres. La alemana se levanta, nos mira enfadada y se va al piso de abajo, donde Cristofer está cantando. Al cabo de un rato empiezo a tener frío, me excuso y me voy.

Me tumbo en la litera, dentro del saco, completamente vestido. Estoy helado. Los franceses intentan dormir, mientras Cristofer hace experimentos con un frontal que tiene, apagando y encendiendo la luz de la habitación. Le aviso de que igual quieren dormir y me responde que no son ni las once (apenas son las nueve y cuarto) y que hasta las once ahí nadie apaga la luz. Me encojo de hombros y me pongo a leer. Me dice alguna tontería, le digo que sí y me pongo música.

Pasa media hora. Sigo helado, leyendo dentro del saco. No he conseguido cerrar la ventana. Entra Nuria en la habitación.

– Hemos hecho té. ¿Te apetece? Estamos arriba.- Sonrío, pero niego con la cabeza.

– No, gracias. Estoy helado de frío y si subo voy a terminar de agarrármela.

– ¿Seguro?

– Sí. Me da pena, pero…- Asiente, sonríe y se va. Cristofer la mira irse. Me mira y me comenta, ofendido:

– ¿Te quieres creer que me ha dicho que la dejara en paz, que no le apetecía tener a nadie encima? Como si yo quisiera algo con una tía como esa… Si tendrá treinta y tantos… Supermayor… A mi es que me van las jovenci…- Me pongo los cascos: no tengo ganas de escuchar jilipolleces. Mira, chaval, si esa chica te dice aquí y ahora, cosa imposible, ya puedes dar gracias al cielo y besar el suelo por donde ella pisa. Y luego despertar y agradecer haber soñado eso…

Sigue un rato apagando y encendiendo la luz. Opto por ponerme el frontal, así no me molesta. Como se ha callado, me quito los cascos. Al final, uno de los franceses suelta un bufido, se levanta y apaga la luz. Cristofer enciende su frontal, me sonríe y me dice:

– Ahora tengo que tomarme mis tres pastillas; una es un protector y…- Calla.- Tengo… Mira… Esta naraja… Si te tomas una, mañana llegas hasta Oviedo sin dar pedales, volando.- Asiento. Se toma las pastillas. No sé lo que son, pero en tres minutos está roncando.

Niego con la cabeza, me sumerjo en mi saco e intento dormir…

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