Hace muchos muchos años, en casa, los regalos de navidad los hacíamos como si fuera un juego de pistas. Solíamos colocar el árbol (profusamente iluminado, lleno de bolas de colores, espumillón y con una estrella plateada en la punta) al lado de un Belén con figuras de barro marrones, asno y buey incluídos (el Papa aún no los había despedido; el ERE del el portal no había ocurrido todavía) y, apoyados contra el tronco, había varios sobres, cada uno con un nombre: allí estaba la primera de las pistas, las mismas que te harían recorrer la casa de arriba para abajo buscando, hasta en los lugares más insospechados, sobres del mismo color.

Hace casi veinticuatro años, en el garaje, escondido entre las aletas de bucear de mi señor padre, se encontraba mi primer bajo; aquel bajo rojo marca Overland (sí, recuerdo la marca, capullos; anda que no habéis vacilado con lo del bajo “de Zaragoza” que se me ocurrió soltar en una entrevista) con el que realicé mis primeros pinitos en esto de aporrear las cuatro cuerdas.

Luego vendría mi primer Hohner, un Jack Bass que sonaba de narices y que vendí años más tarde; el warwick, que sigue conmigo y sigue siendo mi favorito; un Spector que vendí apenas tres meses después de comprarlo; mi segundo Hohner, al que mis compañeros apodan cariñosamente “el remo”, y por último, la castaña esa de bajo acústico que me compré en Holanda estando de vacaciones pues tenía un mono insoportable de tocar y me estaba afectando al carácter (sí, me lo tengo que mirar, lo sé).

Veinticuatro años de Rock, Pop (de esto poco, gracias), Metal, Ruido y demás sonidos varios… Giro mi cabeza a la derecha y ahí están, esperándome, los dos que tengo ahora en casa… Voy.

Besos…

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