Salgo a la calle, cerrando la pesada puerta de madera labrada. Levanto mis ojos al cielo; llueve y está cerrado… Hoy no cambia. Giro la vista a la derecha; por encima del muro de piedra, un mar salvaje levanta olas de espuma y sal… Algunos cormoranes despistados intentan posarse sobre la superficie, pero está complicado… Muy complicado…

Me acerco al muro, enterrado dentro de mi chubasquero. El viento hace que se me pegue todo, pero no siento frío. Hay un bello espectáculo, con las olas rompiendo con furia detrás de la isla que preside la bahía que es el corazón de la Ciudad Dormida. A mi lado, un par de mujeres miran al mar, divertidas; son turistas e intentan abrir un paraguas. Les aviso:

– Si le tenéis cariño, mejor dejadlo cerrado. Aquí son muy poco prácticos. Suele soplar mucho viento.

– ¿Y como os protegéis de la lluvia?.- Abro los brazos y doy una vuelta sobre mi mismo, mostrando mi chubasquero, totalmente impermeable.

– Así. Pero aún y todo nos mojamos.- Sonríen.

– Oye, ¿nos haces una foto?

– Sí, claro.- Me acercan una pequeña cámara compacta.- ¿Cómo la queréis?

– Que se nos vea bien.- Claro. No lo dudaba. Hago una composición típica de dos tercios, con ellas desplazadas hacia la derecha de la foto para que también se vea parte de la ciudad.

– ¿Os sirve esta?- Una coge la cámara y mira.-

– Sí. Está muy bien.

– Gracias.- Digo. Y entonces la veo. Son tres segundos. O cuatro. En el mar. Asoma entre las olas y vuelve a desaparecer. Me quedo sorprendido.- ¿Habéis visto eso?

– ¿En el agua?- Asiento. La más joven de las dos niega con la cabeza, pero la otra comenta:

– Antes me ha parecido ver algo en el agua, entre las olas, pero no sé… Creo que era un delfín…- Niego con la cabeza.

– Eso era mucho más grande que un delfín.

Nos quedamos mirando, en silencio los tres, bajo la intensa lluvia, como los antiguos cazadores de ballenas en la proa de aquellos cascarones de madera sobre los que se jugaban la vida. Sopla el viento con fuerza y las gaviotas huyen buscando refugio en la costa. Dos minutos… Tres… Cinco… Nada… Y de pronto, otra vez.

– Ahí.- Señalo a la izquierda; varios metros de lomo majestuoso cortan la superficie iniciando una lenta zambullida. Y vuelve a desaparecer.- ¿Lo habéis visto?

– ¡Yo sí!- Grita entusiasmada la mayor de las dos. La joven niega de nuevo con la cabeza.

– Bueno, pues quedaros un rato, que volvera a salir… Yo me tengo que ir.

Nos despedimos y me voy, bajando las escaleras, en dirección al puerto. Saco mi móvil, mando un par de mensajes… Y me olvido.

Amanece lloviendo. Y la lluvia me trae el recuerdo de la tarde anterior. Hoy iré preparado. Cojo mis dos cámaras de fotos, el teleobjetivo y un par de tarjetas de memoria. Cierro la puerta. Ya desayunaré por ahí…

Aún no han puesto las calles. Compro un par de cruasanes en un obrador. Y llego al muro de piedra de la tarde anterior. No se ve nada. El temporal ha calmado un poco y sobre la negra superficie del agua se refleja, en cada vuelta, la luz del faro que ilumina la costa escarpada, envuelta en una densa bruma salitrosa. Miro al mar, justo a donde ayer vi aparecer aquel lomo, pero no veo nada.

Unas horas más tarde, me dan la noticia; sobre la arena de la playa ha aparecido una ballena varada. Asiento. Se podía esperar… No buscaba refugio… Venía a morir… Un bonito sitio donde terminar… Asiento de nuevo.

Y desmonto el equipo.

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