Amanece por fín; la noche ha sido larguísima… En algún momento perdí mis tapones y resulta que había un león bajo mi cama. Bueno, una leona; la alemana silenciosa de ayer. Menuda fiera, qué potencia. No he acabado de entrar en calor, pese a haber dormido vestido dentro del saco: probablemente no haber podido cerrar la ventana haya tenido algo que ver.

Cristofer se acaba de tomar la pastillita naranja. Demonios. Nos quedan sólo un par de minutos de tranquilidad, me temo. Efectivamente.

– ¿Hasta donde vais hoy? ¿Eh? ¿Hasta donde?- Pregunta a todos los que pasan cerca.

– A Avilés.- Contesto, cansado.

– ¡Anda! Igual que yo.- Sonríe.

– ¿Que vas hasta Avilés?- Pregunto, dudando mucho de que sea capaz.

– Sí, salgo ahora hacia Gijón y por carretera voy andando hasta allí.

– Pero… Si tienes más de cincuenta kilómetros. ¿No sería mejor que te quedes en Gijón?

– No, es que tengo unos amigos en Avilés.- Asiento. Voy hacia donde está mi compañero.

– Va a Avilés.

– No jodas.- Asiento. Me mira.- Hay que pasar Avilés.- Vuelvo a asentir.

Aparece Nuria, despeinada y con los ojos medio cerrados. Me sonríe, le devuelvo la sonrisa y le digo en voz baja “Avilés”. Me mira intrigada y hago un gesto hacia Cristofer, que está intentando guardar el saco dentro de su funda. Me mira de nuevo, se da cuenta de lo que quiero decir y musita un “menos mal” casi en silencio. Se ríe, me pone una mano en el hombro y se va hacia el baño.

Llega la responsable del albergue, a eso de las nueve menos cuarto. Nos echa la bronca a todos por no habernos ido ya. Miro al cielo. Está cayendo algo muy parecido al diluvio universal. La gente acelera sus preparativos. Cristofer se despide sonriente, camino abajo. Sí, hay que pasar de Avilés. Sin duda. Los franceses se van. La alemana se va. Termino de preparar las cosas. Nuria se ha juntado a un holandés que llegó a última hora y que durante el desayuno ha estado diciendo entre diversos desprecios que deberíamos agradecer a su país y a otros como el suyo seguir siendo parte de Europa. Bueno, tal vez sea así, pero una cosa está clara: de no ser por el lugareño que lo rescató a las once de la noche mientras andaba perdido por los montes de alrededor, igual esta conversación no hubiera tenido lugar con la noche que ha hecho, helada y con lluvia. Les veo alejarse. En la última curva, ella se da la vuelta y agita la mano. Le devolvemos el saludo.

– Maja chica.- Digo.

– Sí. Supongo que para contrarrestar al pesado que se va con ella. Menudo desayuno me ha dado. Al final me he callado y no le he dicho nada, pero ganas no han faltado.

– Sí. Era un pedante. Pero no tenías que haberte cortado. Total, no vas a volverlo a ver…

La responsable del albergue se empieza a poner nerviosa. Sólo quedamos nosotros. Mi compañero sigue, con su ritmo pausado, colocando cada cosa en su sitio. Le doy algo de conversación a la señora, para tenerla distraída. Al final se va y nos deja allí terminando de preparar los trastos. Hago un par de fotos y salimos a la lluvia. Y al barro.

Entramos, tras una heladora bajada por asfalto, en una pista de barro y agua en la que pueden verse pequeños restos de hielo; parece que ha hecho mucho frío esta noche. Caminamos empujando las bicis medio patinando pero sin llegar a caer. De nuevo aparece el asfalto, que agradecemos y comenzamos a adelantar gente, en orden inverso a como se han ido yendo; Nuria y el holandés pedante, casi como el de Wagner, los franceses, la alemana… Al que no vemos es a Cristofer, lo que tampoco nos causa ningún trauma.

La mañana transcurre heladora, bajo la lluvia, el viento y el frío, cubiertos por un manto de humedad constante, que nos deja tiritando en alguna ocasión. Vamos rumbo a Oviedo, aunque antes hacemos una parada en un bar de carretera, para tomar algo caliente que nos reconforte un poco.

Entramos en la capital del principado (jo, como suena). Es día festivo, pero no se ve a nadie por las calles; los bares están vacíos y casi no pasea gente. Ha salido tímidamente el sol. La ciudad está desierta, las calles vacías… Miramos intrigados a todas partes… Bromeando hablamos de las bolas de paja esas que aparecen rodando en las películas de vaqueros… Buscamos a alguien a quien preguntar por un restaurante italiano en el que comernos un buen plato de pasta. Estamos en el centro y nadie sabe nada. Preguntamos a una chica sudamericana que más o menos nos indica donde puede haber uno. Llegando hacia donde ella nos ha dicho, preguntamos a la única persona que hay en la calle en ese momento, que nos señala cómo llegar.

Nos bajamos de las bicis y encontramos el restaurante, el “Truli”. Nos miramos las pintas, manchados de barro, con las bicis cargadas hasta los topes. Hace mucho frío para comer en la calle, así que bajamos y preguntamos a ver si nos dan de comer (son las tres de la tarde pasadas). La chica asiente y le preguntamos a ver si sabe de algún sitio donde dejar las bicis. Nos dice que las bajemos al restaurante, total, está vacío… Bajamos y sí, como el resto de la ciudad, el salón está vacío. Pedimos pasta y pizza, que está estupenda.

Una vez comidos como reyes, salimos a la calle. Se ha vuelto a nublar. Nos despedimos de un Oviedo frío y triste, sin vida, vacío, perdiéndonos varias veces entre sus calles. Se supone que, a partir de ahora, el camino es de bajada. Pues no.

O sí. Empieza subiendo ligeramente y luego bajando en esas bajadas en las que uno no descansa, con fuertes pendientes. Pedaleamos a buen ritmo, ya que es tarde y aún nos queda un buen tramo hasta el siguiente pueblo después de Avilés.

Llegamos a Avilés y descubrimos que tengo una rueda casi desinflada. La llenamos en una gasolinera y asumimos que no vamos a llegar al siguiente pueblo ese día, así que nos resignamos y buscamos el albergue. Nada más entrar le vemos: Cristofer nos saluda sonriente, perfectamente duchado y descansado.

– Ah, no.- Digo indignado.- No me lo creo. ¿Me vas a decir que has venido andando desde Sebrayo hasta aquí en menos tiempo que nosotros en bici (me da igual que tu camino sea más corto) y que ya estás duchado y…?- Se ríe.

– No… Es que en Gijón he cogido un tren.

– Ya, claro, y supongo que en Gernika y… Lo que me jode es que va a haber alguien al que le vas a timar la apuesta diciéndo que has hecho el camino, tramposo…

– No, pero si…

– Anda no me vengas con historias.- Le suelto. Abre los ojos. A partir de entonces no me dirige la palabra y me mira acobardado. Si llego a saberlo antes…

Recogemos los trastos, como todos los días, intentamos cargar los móviles, haciendo guardia cerca de los enchufes ocupados y, después de un rato, bastante tarde ya, nos vamos a cenar.

Acabamos cenando en un garito en el que el dueño nos suelta una retahila de improperios sobre los independentistas, sobre todo después de haberle comentado que a nosotros la política nos la trae bastante sin cuidado. Eso sí, la cena estupenda, aunque un poco pesada.

Muy pesada, como se comprobará a la mañana siguiente…

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