No sabía que música elegir para ponerme a escribir hoy, así que he tirado de clásico… Un poco de Chopin, ideal para lo que hoy toca… El piano me envuelve en lenta cadencia como un arrullo… Y tras el cristal, la melancolía de una mañana de lluvia de finales de otoño, con algunos árboles ya desnudos y otros vestidos de tonos rojizos y ocres… Ambientación perfecta, para comenzar a pulsar estas teclas que últimamente tengo algo abandonadas… Ambientación perfecta, aunque no creo adecuada para lo que hoy toca, uno de mis sueños más recientes, el de antes de ayer, para ser exactos…

Luce el sol y estoy en lo alto de una montaña, rodeado de rocas… La brisa agita mi frondoso cabello (es un sueño, está claro), y el mundo se extiende verde e infinito bajo mis pies. Sonrío. Nada hay más perfecto que esa sensación en la cumbre de una montaña. Nada. Me giro feliz y una pareja de la guardia civil con tricornio y porra en la mano me pide los papeles. Abro los ojos como platos y busco mi cartera. Saco el DNI y se lo doy…

Bajo del monte sentado, abatido, en una escalera mecánica larguísima que me lleva justo al parking donde he dejado el coche. El día se ha vuelto grís y frio; visto ropa de montaña de altura y no me sobra. Miro al final de la escalera y veo, abajo, una pareja de policías nacionales pidiendo el carnet a todo el mundo. Me pongo nervioso, ya que no recuerdo que los guardia civiles de arriba me lo hayan devuelto. Y además, no encuentro la cartera. Me pongo a buscar, frenético entre mis trastos… Cada vez estoy más cerca… No aparece… Sigo buscando… Cada vez más cerca… Dios… La encuentro justo al llegar, la abro y… Ahí está mi DNI. Lo saco, pero me ignoran y me dejan pasar… Soy al único al que no han parado… No entiendo…

Llego al puerto, vestido sólo con un bañador floreado, unas chancletas verdes fosforitas (o sea, las mías) y una sombrilla de publicidad de una cerveza bajo el brazo. Y de pronto estoy nadando, o volando, no lo sé muy bien, junto a mi hermano. Por debajo nos pasa un pulpo. Lo señalo con el dedo, para que lo vea. Y aparece otro, y otro más, y cientos de ellos, nadando en formación, hasta que uno se detiene y se pone sobre la cara de mi hermano. Y luego otro, y otro más. Nado hacia una orilla que no existe, y le veo alejarse cubierto de pulpos, pero sin sentirlos…

Alcanzo tierra en un espigón de piedra. Hay un paseo, me levanto y ya estoy vestido. He llegado allí, a la bahía de la Ciudad Dormida, aunque está diferente; las playas siguen en su sitio, y la isla, pero no queda ninguno de los edificios que rodean al mar. Es todo un extenso arenal, en el que sólo hay una casa. En realidad estoy buscando a un antiguo amor platónico de juventud, una chica morena y delgada (a la que no he visto en la vida, al menos que yo recuerde) que vivía allí, en aquella lujosa mansión. Tengo curiosidad por saber qué tal le ha tratado la vida, si sigue igual de hermosa que entonces, si se acuerda de mi… Vamos, rellenar el hueco que la distancia, los años y la dejadez han dejado entre nosotros. Me acerco a la valla y estiro el cuello… No veo a nadie… Doy un rodeo por las canchas de tenis… Nada… Veo una luz en una puerta pequeña y gente riendo dentro, pero ella no está… Es absurdo… Ni siquiera sé si sigue viviendo allí… Además, cuando nos veamos seremos como dos perfectos desconocidos… Seguro que de lo que fuimos hace tantos años poco queda… Me alejo poco a poco, al atardecer, con el sol poniéndose tras el monte equivocado…

Despertador…

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