Sonaba un piano en la sala de al lado, aunque nadie lo tocaba; de un pequeño radiocasette, la música de Chopin llenaba vibrante la sala vacía. Los viejos libros cubiertos de polvo se estremecían en secreto al sentir la delicada caricia de aquella cascada de notas, extraña en la vivienda, normalmente silenciosa. Y si hubieran tenido más vida que la que llevaban entre sus páginas, hubiesen mirado intrigados al personaje que entraba en la habitación; un hombre moreno bajito y fuerte, entrado en años, vestido con un mono blanco y una gorra encasquetada hasta las cejas, un lápiz en la oreja y una sonrisa irónica; un par de botes de pintura, dos rodillos, un escurridor, varios periódicos, cinta de papel amarilla y sábanas llenas de pegotes de pintura seca de diversos colores dibujando obras abstractas que de ser firmadas por algún artista conocido valdrían millones en una de esas subastas que tratan sobre la miseria humana.

Con las sábanas fue tapando una a una cada una de las estanterías, sujetándolas con cuidado para que no cayeran. Una vez terminado, cubrió el suelo con papel de periódico, sujetó los bordes con la cinta de papel, se levantó, abrió la ventana, se volvió hacia adentro, puso los brazos en jarras observando el resultado, asintió, dio una fuerte palmada, cogió el rodillo y se puso manos a la obra, tarareando una tras otra, sin descanso, las diversas obras que iban saliendo sin descanso del pequeño radiocasette.

Y las notas, como pequeñas pinceladas de colores, fueron llenando de alegría aquella calle solitaria… Y los que por allí pasaban levantaban la cabeza, extrañados de que de aquel sombrío lugar pudiera brotar algo tan bello…

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