Estamos sentados frente a frente, como dice la canción, en el suelo sobre la alfombra, tapados con una manta. Al fondo, cerca, un par de troncos arden lentamente en una chimenea, y el chisporroteo de las llamas dibuja formas abstractas en rojo y negro por las paredes; figuras que juegan a perseguirse, a abrazarse y a mezclarse, igual que nosotros hace unos minutos. Pese al fuego no hace calor; es lo malo del invierno… Me levanto y me siento a su lado. Siento su cuerpo desnudo contra el mío. Me quedo mirando las llamas, que parecen bailar sobre los troncos…

– Creo que de lo único que he estado enamorada en esta vida es de la música.- Dice ella, en voz queda. La miro.

– Te entiendo. Siempre está ahí, nunca defrauda, llega cuando quieres, se va cuando quieres… Ni se enfada ni discute… Sí.- Me muevo un poco, para abrazarme las rodillas.- Te entiendo perfectamente…

– Y te hace sentir…- Asiento. Estiro el brazo y cojo una de las dos copas de cava que hay al borde de la alfombra, ya casi sin gas. Se la ofrezco y la rechaza. Bebo un corto trago.- Te hace sentir viva… O triste… O alegre… Y todas esas canciones que te traen recuerdos…

– Si lo piensas un poco, y quitando la parte física, es el amor perfecto…- Doy otro trago y levanto la copa hacia el fuego.- Esta va por ti, Euterpe…- Y apuro la copa de un último trago.

Tras la ventana sigue nevando. Los cristales empañados no dejan observar lo de fuera, aunque poco hay para ver, todo cubierto de blanco. Me levanto, elijo un disco, sonrío al ver la portada y lo pongo. Comienza a sonar. Ajusto el volumen. Vuelvo a sentarme. Nos quedamos en silencio, escuchando, observando el baile de sombras de las paredes.

– Extraña música.- Dice ella. Me encojo de hombros.

– Es de la que hace sentir… – Y cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, para dejar que la música me inunde…

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