Camino despacio por las calles mojadas de la Ciudad Dormida, más gris y oscura que nunca, tras días, semanas y casi meses de lluvias ininterrumpidas. La luz del interior de las pequeñas tiendas se refleja en las baldosas mojadas que hacen de cada paso una aventura… Me dirijo a la parada del autobús, aburrido ya de ir en él tantos días… Tantos días de frío y de humedad que cala los huesos y te hace caminar encogido, escondido dentro del chubasquero.

En la misma esquina en la que siempre giro a la derecha está la maceta de todos los días; ese pequeño arbolito rodeado de cesped bien cuidado, medio metro cuadrado de naturaleza en medio de este mundo de piedra, cemento y ladrillo que hemos elegido como lugar de vida, para intentar creer que somos algo diferente a un animal… La escena está hoy cambiada: bajo un minúsculo paraguas rosa con dibujos de ratoncillos y protegida de la lluvia una niña, ajena a la mirada de su madre que charla distraída, acaricia con las yemas de los dedos la hierba de la maceta, como el gladiador de la película, a cámara lenta… Las gotas resbalan de las varillas del paraguas y caen cerca de la mano sin tocarla… La mirada de la niña se pierde golosa entre las chucherías y caramelos del interior de la tienda… Con la otra mano tira suavemente de la de su madre, intentando atraer su atención… Su madre sigue charlando… La niña alza la vista y frunce el ceño… Y el tirón es un poco más fuerte… Y la madre nada… Y el siguiente lo es más… Nada… Más… La madre corta la conversación un segundo, pero sigue… Más… La madre mira a la hija, seria… La hija le devuelve la misma mirada, con gesto enfurruñado… Sonrío…

Una pequeña gladiadora, luchando en su arena…

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