Bueno, aquí va un refrito de dos de mis últimos sueños; la parte músical es del de ayer (soñé más cosas, pero esto es lo que quedó) y la parte… eh… llamémosla blanda, es de hace unos días.

La historia no transcurre en la Ciudad Dormida, sino en la Ciudad de la Iglesia de las Cinco Torres, una fría y gran ciudad interior, inhóspita y no demasiado hermosa. Estoy en la que era la casa de los relojes de pared. Acabo de cerrar la puerta y bajo despacio, no como cuando iba y era crío, las pulidas y brillantes escaleras blancas, agarrándome para no resbalar al pasamanos de la barandilla de bronce.

Escucho que sube bastante gente y, sin llegar a verlos, escucho una voz que pregunta:

– Hey que pasa tio es victor 10.- Así, sin entonación ni nada, pero con acento argentino. Sí, ya sé que sin entonación y con acento argentino a la vez es de lo más imposible que se me puede ocurrir, pero así era. Me paro a pensar. Tengo una cuenta de correo que es victor10@hotmail.com (en realidad no tengo ninguna cuenta así, pero se ve que en el sueño la tenía). Así que, pensando que igual es alguien conocido a través de las redes sociales, contesto:

– Sí, puedo ser yo.

Entonces sale el propietario de la voz de debajo de las sombras. Es un desharrapado casi sin dientes y larga melena mojada que sonríe lleno de felicidad mostrando un montón de dientes cariados. Le cambia el acento a alguien del sur mezclado con argentino:

– Ozú, qué gana tenía de conosé ar tio rico…- Abro los ojos como platos.

– ¿Al tío rico?- Pregunto alucinado. Miro alrededor; la verdad es que se podría considerar como tal al que allí viviera: un edificio elegante, con una inmensa araña de cristal presidiendo el hueco de la escalera, candelabros dorados en todas las esquinas (en realidad la casa no era así, pero era un sueño un poco gótico… incluso la lámpara variaba en altura y posición).- No, no… Yo no soy ningún tío rico de nadie, estoy aquí sólo de visita.

– Pero ha dixo que é Víctor 10.

– Sí, es que tengo una cuenta de correo electrónico que es victor10@hotmail.com

– ¿Einh?

Nos miramos. Caémos los dos en el error y empezamos a reir. Víctor Díez. El vecino del último piso. Me ofrezco a acompañarles, a él y al escuadrón de ruidosos niños harapientos que le vienen detrás.

Llegámos arriba del todo y ahí el suelo es de vieja madera gastada. Llamamos al timbre por educación, ya que ni siquiera hay puerta y me sale un anciano desdentado.

-¿Zi?

– ¿Es usted Víctor Díez?

– Zi.- Y entra el argentino en escena.

– ¡Tio Victor!- Exclama, abriendo los brazos tan de par en par que casi me atiza una bofetada.

– ¡Manuéh! Caraho, cuanto año…- Y se dan un fuerte abrazo. Y empieza a aparecer gente y más gente- Vamo a tocá la guitarra…

Y me encuentro en medio de un sarao impresionante en el rellano de la escalera, en el que poco a poco, y con la alegría de la música flamenca, va apareciendo arena y desapareciendo el techo… Y así, sin quererlo, nos encontramos en medio de una playa, tocando, cantando y dando palmas en un rondillo cerca de la orilla, acompañados por unas cuantas jarras de sangría y margaritas que nos traen de un chiringuito de madera cercano…

(Fase de mezcla)

Me levanto y le cedo mi guitarra a un recién llegado. Me estiro y me alejo un poco del rondillo. En algún lugar de esa playa va a haber un concierto de Heavy Metal y somos uno de los grupos participantes.

(Fin de fase de mezcla)

Camino rodeado de unos cuantos amigos. Lucimos largas greñas abundantes y cardadas, como los heavies de los ochenta, Europe, Bon Jovi, Ratt y toda esa panda; cazadoras de cuero, vaqueros ajustados y zapatillas blancas de tela, esas John Smith por las que antes pagabas una mierda y ahora la gente, como están o han estado de moda, desembolsa hasta cien euros. Yo visto algo distinto, ya que llevo mis pantalones cortos de La Quadra, un pueblecito vizcaíno en el que toqué hace la de dios de años.

Bajamos corriendo una duna y entonces me fijo: mis rodillas ya no están. En su lugar hay una substancia blanquecina, de aspecto gelatinoso, completamente agrietada. Me detengo justo antes de saltar el último trozo de duna; con las ¿rodillas? así me destrozaré las piernas al caer. Me siento. Mis compañeros siguen hacia el escenario. Hundo los dedos en esa sustancia que es una mezcla entre grasa animal y silicona quebrada. La sensación es muy desagradable pero por el tacto, no porque duela. Saco los dedos y están pringosos. Me los limpio en la camiseta. Doy un pequeño pititaco (ese golpe que dábamos de crios en las orejas de los colegas, lanzando el dedo corazón (iba a poner el de mandar a tomar por, pero…) tras haberlo sujetado con el pulgar) en la masa gelatinosa y sale despedido un trozo grande. Mierda. No duele, pero me caigo a trocitos. Me levanto, bajo la duna con cuidado y miro hacia abajo. Al menos parece que no se extiende. Alcanzo a mis compañeros y vamos hacia el backstage. Nos miramos, sonreímos, gritamos un “Metaaaaaaaaaaaaal” en el que parece que nos va la vida, nos colgamos nuestras guitarras llenas de pañuelos al más puro estilo Aerosmith y salimos al inmenso escenario.

Miles de cabezas se agitan al unísono, coreando canciones que no son nuestras, pero eso no importa, disfrutamos del momento. A nadie parece preocuparle el estado de mis rodillas.

Y qué carajo… A mi tampoco.

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