Todavía no me encuentro en el punto ese de empezar a preocuparme, pero cada vez estoy un poco más cerca. Sí, mis sueños, que cada vez se vuelven más complicados… Tal vez haya influido que ayer, visto el mal día que hacía, me tragué tres películas: la ventana indiscreta, que no me dijo nada, lo siento, sé que es una herejía, pero es así; Fahrenheit 451, un sueño psicotrópico de Bradbury, que es curiosa pero el libro es mejor; y el fraude, con Ricardo Gere, entretenida, para pasar la noche sin pensar demasiado.

Comienza la cosa con una foto de grupo. Cuando iba al colegio (supongo que ahora se sigue haciendo) hacia el mes de noviembre nos sacaban al patio un día en medio de una de las clases para hacernos una foto, lo que llamábamos la foto del catálogo. Allí nos esperaba una estructura endeble de madera sobre la que se ponían unos treinta de los cuarenta niños que estábamos en el aula. Los otros diez, los más bajitos, iban al suelo (o íbamos, que según que año allí estuve). Un fotógrafo contratado para ello nos decía que estuviéramos quietos y sin poner caras raras y después de tres o cuatro intentos volvíamos a clase, completamente desconcentrados. Pues el sueño comienza con algo parecido. Estamos todos los compañeros de trabajo vestidos con uniformes de colegio, bata abotonada azul y blanca a rayas con el nombre bordado sobre el bolsillo que hay sobre el pecho izquierdo y zapatos negros; ellas con coletas y nosotros con raya a un lado. Nos ponemos educadamente en la estructura que han montado a la puerta del trabajo, al lado del muro desde el que se ven las olas rompiendo contra las rocas. En esto sale el director del colegio y nos indica que, para la foto, tenemos que hacer el saludo fascista. Protesto. Digo que así no salgo en la foto. Mis compañeros se indignan con la propuesta y empieza el jaleo. Me bajo de la estructura. Soy el único que lo hace. El resto saluda, brazo en alto. Me pongo a dar saltos detrás del fotógrafo para intentar sabotear la foto. Pero ya es tarde y no lo consigo. El director me mira, con una sonrisa sádica dibujada en el rostro. Nos quedamos él y yo, mientras los demás se desdibujan. Me señala con el dedo, suelta una carcajada y desaparece todo; primero él, luego el edificio, luego el paseo y finalmente el mar.

Llego corriendo a la villa en la que pasé parte de mi infancia y toda mi juventud. Hay montada una tremenda fiesta para celebrar mi insurrección, que ha llevado a mucha gente a formar pequeños grupos revolucionarios, que están siendo exterminados sistemáticamente. La gente aplaude ese entretenimiento que les brinda la televisión, la caza del hombre, y me felicitan por ello. Intento explicarme pero me llaman para que vaya a la sala a ver la pantalla, que lo que echan seguro que me interesa, dicen. Subo a la primera planta, donde se agolpan varias personas delante del viejo aparato. Me abren un hueco. En la imagen puede verse como del colegio en el que estudiaba salen el director y un grupo de cuatro policias armados hasta los dientes. El locutor comenta que van en busca de ese peligro público, culpable de la revolución que está intentando nacer en las calles. Sale mi foto, una de cuando era niño… Una de esas de catálogo, vestido de heavy, haciendo cuernos en el bolsillo del pantalón (por cierto, una señal para ahuyentar el mal de ojo, nada más lejos del satanismo que dicen algunos). Se puede escuchar el estruendo del helicóptero que filma la escena. Salgo en pantalla, viendo la televisión; alguna cámara debe estar enfocándome. La policía y el director están cerca, entrando en la casa. Y me desdoblo en dos; uno se queda viendo la tele y el otro salta por la ventana. Dos policías me persiguen, pero afortunadamente he aprendido a correr por las paredes y eso dificulta mi captura. Se escuchan risas y gritos de ánimo; la gente disfruta de un buen espectáculo. Se escuchan un par de disparos. Ovaciones. Más disparos…

Aparezco nadando en la bahía de Pasaia, al lado de una piragua. Sobre la misma, un compañero vestido de payaso, con una ametralladora. En las playas cercanas recién construidas la gente ríe feliz y los niños juegan con grandes balones de propaganda que el viento arrastra. El payaso me hace un gesto para que suba, sin decir una palabra. Salgo del agua seco y vestido de smoking. Cojo un remo y enfilamos hacia la entrada de la bahía, donde los hoteleros sin escrúpulos han destruído el actual faro y están construyendo un complejo hotelero formado por varios rascacielos. El de la izquierda (visto desde el mar) ya está terminado y el de la derecha, que ocupa el lugar del faro, todavía tiene los andamios alrededor.

Nuestro plan es sencillo: presentar nuestra candidatura como grupo de animación y en la entrevista, secuestrar al presidente. Y una vez que lo tengamos, pues ni idea. Pero es un comienzo. Aparcamos las piraguas en el hueco que hay preparado para ello y atravesamos el enorme vestíbulo, completamente vacío. Hay sábanas blancas por todas partes, botes de pintura, escaleras de madera… Mucho trabajo por terminar aún. Entramos en un lujoso ascensor y pulsamos el botón del último piso. Somos seis, y no conozco a nadie. Entramos en una sala redonda, elegantemente vestidos, con un portafolios cada uno, con lo que se supone que es nuestro proyecto de animación. Nos sentamos alrededor de una mesa de marmol negro, con elegantes sillas de alto respaldo, ocupando cada uno la nuestra, como si lo hubiéramos hecho miles de veces. La silla presidencial refulge vacía, dorada, iluminada por un foco desde lo alto. Nadie habla. Nadie respira. Abro mi carpeta y… No puede ser. Sólo hay fotos de chicas en bikini. Se lo señalo al resto, que no dice nada. Empiezo a ponerme nervioso. Nos van a pillar. Miro alrededor. Todo rostros serios. Miro hacia la silla presidencial. Ahí está Richard Gere asintiendo satisfecho, mirando las fotos. Hasta que uno de mis compañeros le atiza con una barra de acero en la cabeza.

Salimos de la habitación, vestidos de músicos mejicanos, todo de negro y con lentejuelas, embutidos dentro de algo parecido a un dragón chino, de esos que se suelen ver en las fiestas. El que va delante mío saca una guitarra y se pone a cantar. Al presidente lo llevamos incosciente, con la cabeza vendada completamente de negro, justo con dos orificios a la altura de la nariz para que no se ahogue, y vestido como nosotros. El resto de compañeros lleva ametralladoras, para evitar problemas. Un grupo de estutuas humanas, de estos que podemos ver en las calles de casi cualquier ciudad,  intenta evitar que escapemos, a empujones, pero logramos esquivarlos. De un cuadro de la pared se descuelgan otras personas que intentan lo mismo… Y salimos corriendo, con el presidente en volandas.

Toca negociar el rescate. Estoy con una compañera, sentados en un muro. Es apenas una cría, muy sonriente. La tarde es fabulosa, con el sol primaveral brillando en lo alto y gente que pasea al lado del mar. Se acerca un hombre, vestido de charcutero, con el delantal ensangrentado. Se sienta a mi lado. Espera mi propuesta. No digo nada. Me pregunta mi nombre. Sigo en silencio. La chica le pasa un papel y a mi otro. Abro el mío. Leo: “Solucionado el asunto de la óptica. Ya tenemos preparadas las gafas”. La miro sin comprender. Ella sonríe, con una piruleta en la mano, y las mismas trenzas que mis compañeras de trabajo al comienzo de la historia. Veo que él lee su papel. Me mira. Dice mi nombre, completo. Me sobresalto; ya me tienen. Se ríe, sarcástico, y añade: “¿Ese es tu nombre? Nunca escuché nada más falso…”

Y despierto.

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