Camino tranquilo, en una tarde extrañamente soleada, fuera de lo previsto. Acabo de salir del trabajo, tras ocho larguísimas horas de correr de un lado a otro, sin más ganas que caminar arrastrándome hasta la estación de tren de la Ciudad Dormida donde me espera un cercanías que, tras media hora corta de viaje, me dejará cerca del local de ensayo. Llevo a la espalda mi inseparable mochila naranja con un libro, una pedalera de guitarra, un tupperware vacío y un chubasquero, y colgando de un hombro el maletín de portátil lleno de más trastos. En mis oídos suena lo nuevo de Riverside, tranquilo pero con fuerza. En mi mente un sólo deseo: llegar a la estación que se construyó en los talleres que Eiffel tenía, sentarme en un banco, quitar la música, sentir esa paz que siempre me dan las estaciones de tren vacías, sacar el libro y disfrutar de un rato tranquilo de lectura.

Llego y saco el billete, de nuevo en una fría máquina impersonal. Compro una cocacola y entro al andén. Llego a la vía en la que aterrizará el tren que me corresponde y miro la hora. Veinte minutos. Genial. No hace frío ni calor. Abro la mochila, saco el libro y lo dejo a mi lado, sobre el metal verde azulado del banco. Cierro la mochila y la pongo a mi lado, junto al maletín. Me quito los cascos, los enrollo cuidadosamente alrededor del IPod y los guardo en el bolsillo. Y me enfrasco en la lectura. Al menos durante un minuto…

Llegan dos mujeres que rondarán la cincuentena. Miran el banco donde me encuentro como si yo no existiera, empujan mis trastos contra mi y se sientan. Ni una mirada, nada. Y en voz muy alta, comienzan a hablar. Se acabó la paz. Miro alrededor. No, la cámara oculta no parece estar.

– Oye, no sabes…- Dice una, con voz chillona.- A Mariano, que le ha dado un patatús.

– Ay, qué pobre… ¿Qué ha sido?

– Nada, que va al médico el otro día y allí, llegando a la puerta, va a llamar y le da un infarto. Para cuando cayó al suelo ya estaba muerto. Además, como no llegó a pulsar el timbre, se quedó allí tirado hasta que llegó el siguiente…

– Ay, que pobre… Pues eso no es nada. A la Felisa, que le han cortado una pierna.

– ¡Anda! ¿Y que tal está?

– Pues jodida… Le cuesta andar…

– Normal, con una pierna menos…

– Que no, burra, con las muletas… Es que resulta que se le puso un dedo negro, así como infartado o algo, todo morado y le empezó a oler mal y…

– Ay, por dios…

-… y fue al médico y que o le cortaban la pierna o se moría.

– Pues como al hijo de la Justa, que perdió el brazo en el trabajo.

– ¿Le pasó algo?

– Sí, le enganchó una máquina y le iba arrastrando poco a poco hacia la cuchilla.

– Ay, que pobre…

– Sí… Y el gritaba antes de que la sierra actuara, pero nadie le oía… Le cortó entre el índice y el anular, así, por la mitad hasta el codo, donde se atascó…

Ya he oído suficiente. Cierro el libro de golpe, lo que hace que se callen y giren la cabeza hacia mi. Saco los cascos, las miro, con una sonrisa de oreja a oreja, me los coloco despacio, sin dejar de sonreir ni de mirarlas, enciendo el IPod, le subo el volumen exagerando el gesto, sin dejar de sonreir ni de mirar y me encojo de hombros. Ya no las escucho, pero me miran como se mira a un maleducado.

Bueno, pues lo siento, pero me habéis jodido mi rato de tranquilidad…

Así que en paces…

Anuncios