Ella camina entre los árboles con una sonrisa leve teñida de nostalgia. La hierba, perfectamente cortada, amortigua el sonido de sus pasos. Pasea su mirada entre las distintas esculturas que tantas veces explicó. No puede evitar sonreir y sentirse en paz con el mundo. Le dan ganas de abrir los brazos y abrazar el aire, sentir la brisa que corre y girar hasta caer, pero no lo hace.

La guitarra reposa sobre el sofá; las manos cansadas. Se cuela la luz intensa del sol por la ventana; todo es verde y azul: ni una nube en el cielo en esa mañana que aparece engalanada de primavera intensa. A su lado, su inseparable taza de café, blanca y negra, vacía, con la cucharilla dentro. El móvil vibra sobre la mesa. Lo coge. Mira. Sonríe. Responde, siempre sonriendo.

Ella guarda el móvil en el bolso, también con una sonrisa. Alza la vista al cielo. Ni una nube. Asiente. Y sigue caminando.

Él deja el móvil donde estaba. Sonríe. Suspira, se encoge de hombros, resignado, pero feliz; coge su guitarra y sigue tocando.

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