Camino bajo la lluvia, aunque no lo parezca muy lejos de casa. El día es triste y gris; uno de esos que hace que sientas la humedad y el frío en los huesos por mucha ropa que te pongas. La cámara de fotos va escondida en uno de los grandes bolsillos de mi chubasquero, protegida.

Llego a la esquina. Me he perdido. Saco el mapa una vez más y lo miro; no es para donde iba, sino en dirección contraria. Levanto la vista del mapa y ahí, justo frente a mi, una tienda: Julian Road Stores. En dos de sus vitrinas, dos banderas rojas y blancas; lo que hay en la tercera no consigo verlo desde donde estoy. Es una tienda antigua, con todo el frontal de madera, pintada de blanco y azul, el nombre del establecimiento con mayúsculas en Times New Roman, que tal vez fuera una tipografía moderna cuando abrieron el negocio. Sonrío. Pienso: “Se os ha caído una i”… Julian Road Stories… Y mi mente, tanto tiempo dormida, se despierta.

Hace sol. No existen coches en la calle y el crudo asfalto ha sido sustituido por un adoquinado irregular. Calor no hace, pues estamos en Bath, Inglaterra, y no suele hacerlo a menudo. Un niño en pantalón corto baja corriendo persiguiendo una pelota roja, que se detiene frente al escaparate. El crío llega, se agacha, la recoge y, al levantar la mirada, casi sin quererlo, se queda contemplando el escaparate. Inclina un poco la cabeza a la derecha, como cada vez que algo le llama la atención, mete la mano al bolsillo, siente unas monedas bailar entre sus dedos, sonríe, empuja la puerta y entra.

– Hola.- Dice en voz baja.

– Hola.- Responde una voz desde detrás del mostrador. Es una voz joven, que no se corresponde al rostro anciano del hombre que allí se encuentra.- ¿Puedo saber qué deseas?

– Nada, sólo quería comprar una historia.

– ¿Una historia?- Responde el anciano, sorprendido.- ¿Cómo una historia?

– Sí. Una historia. Una historia de la calle Julian. Me encantan las historias.- Mira alrededor. Todo está lleno de viejas estanterías polvorientas que se alzan hasta el techo llenas de tarros de conservas. Ve una silla y la arrastra hasta cerca del mostrador.- Porque… Aquí vendéis historias, ¿no?

– ¿Historias?- El hombre no entiende nada.- No, vendo salmón enlatado, leche condensada, caramelos y muchas más cosas, pero historias… Lo que se dice historias no. ¿Y de la calle Julian? Si aquí nunca pasa nada…- El niño baja la cabeza, apesadumbrado. El anciano le mira intrigado.- ¿Porqué crees que vendo historias?

– Pensé que se os había caído una i…- Se levanta de la silla, triste, y la lleva al lugar de donde la había cogido. Se acerca a la puerta, la pelota roja bajo el brazo. El anciano sonríe… “Julian Road Stories”… Asiente.

– Bueno. Hala, coge de nuevo esa silla, que para ti sí que tengo una historia…

La lluvia para un instante. Nos conocemos hace ya muchos años y sabe lo que quiero. Me da tiempo para que saque la cámara, enfoque y dispare. Y para que la vuelva a guardar.

Y comienza a llover de nuevo…

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