Cuentan que, en la noche de los tiempos, el ser humano era un ser noble y puro; un ser en el que se podía confiar, no en lo que se convirtió posteriormente… Cuentan que, en la noche de los tiempos, había esperanza para él sobre la tierra. Ahora ya no… Cuentan que, en la noche de los tiempos, bajo el manto brillante de las estrellas, se arropaban alrededor del fuego e inventaban historias, ya que no había pasado tiempo suficiente para que hubieran existido…

– Pues yo confío en que habrá un cambio.- Dice, con una sonrisa. El resto mira con escepticismo.- En serio. Un cambio a nivel mundial…

– Sí, y los elefantes vuelan.- Ella pone el gesto serio.- A ver… Más de seis mil años de historia te llevan la contraria.

– Que no. Que va a cambiar.

– Ya. ¿Y porqué precisamente ahora?- Dice él.- Como bien has dicho, “que no”.- Ella frunce el ceño.

– Joder. Que negativos sois.

– No, negativos no. Realistas. Es lo que hay. Es genético. Y además, ese cancer lo transmitimos de padres a hijos: la competitividad… Ser el mejor, el más fuerte, el que la tiene más grande, el que mea más lejos… Y si para eso hay que pisar al de al lado, se hace. Hay que aceptarlo.

– Pues no. Creo que también se han hecho cosas buenas.

– ¿Buenas?

– Buenas. Mira alrededor.- Él mira alrededor: un bar irlandés, un montón de gente viendo el final de la liga en dos pantallas de plasma, animando a su equipo, con cervezas en la mano… Críos que corren aburridos entre las mesas, bolsas de patatas, gente escribiendo desde los móviles…

– ¿Qué quieres que vea?

– Joder. Todo esto. La gente, el edificio… Todo…

– Ya. Que mire. Veo… Veo que para construir esto, se sacó piedra de una cantera, para lo que alguien decidió que había que destruir una ladera, en la que vivían animales y había árboles. Veo mesas, que se formaron de árboles que alguien cortó… Veo jamones que una vez fueron las patas de un animal que estaba vivo… Veo teléfonos móviles y pantallas de plasma que, para que tú (y yo) hayamos podido comprar baratos, las empresas que los fabrican se han ido a paises del tercer mundo a hacerlos allí, pagando una miseria a sus trabajadores y teniéndolos en situación de semiesclavitud… Todo para que, a fin de año, puedan presumir de quién es el que mea más lejos con su cuenta de resultados… ¿Buenas para quien?

– Joder. No entiendo cómo puedes ser tan negativo.

– No, si no lo soy. Es lo que hay, y así hay que aceptarlo.- Da un trago a su cerveza.- Por eso te digo que no hay esperanza. Que esto se va a la mierda y que ojalá sea pronto, por el bien del planeta. Cuanto más estemos aquí, peor. Y más al ritmo que vamos.

– Sigo pensando en que va a haber un cambio.- El sonríe, irónico.

– Es la ley de la selva: el fuerte se come al débil. El humano se come a los demás. El problema, creo yo, es que estamos tan desnaturalizados, que no nos damos cuenta de que es necesario un equilibrio para subsistir. O nos damos cuenta pero, con ese egoismo innato que nos caracteriza, nos la pela. Que se joda el que venga detrás. Hemos olvidado que no somos más que otro animal…

– No todos somos egoistas.

– Todos. De una u otra manera. Egoistas y envidiosos. Nos gusta el coche del vecino, la mujer del prójimo más que la nuestra (anda que no ha habido guerras por esto)… Sólo damos algo si nos sobra… Todos…

– Pero ayudamos…

– ¿A quién? Dime si a todo lo que vivía en el solar en el que se aposenta este edificio le hemos ayudado en algo.

– Se te va la pinza, tío.- Dice ella, con ligero enfado.

– Tal vez. Pero lo que has dicho antes: “que no”.

Cuentan que, en la noche de los tiempos, alguien le dijo a alguien que no podía hacer algo…

Y luego, ese alguien se comió una manzana…

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