Aquella sala tenía una chimenea antigua, de las de leña; sobre un par de piezas de metal ardían, sin humo y con calma, un par de gruesos leños, y las llamas jugaban a hacer sombras en las paredes. No había ninguna otra luz, excepto la que se colaba, débil, a través del cristal de las ventanas. En la calle estaba nevando; eran mediados de junio y ya nada era como antes. El anciano se acercó despacio, apoyándose en su bastón; caían densos copos que lo cubrían todo como si fuera un pesado manto blanco. Pasó los dedos por el cristal, dejando un dibujo de cuatro dedos paralelos, como cuando de joven, en la mampara de la ducha dibujaba una cabellera larga y rizada de un sólo trazo. Suspiró. Una voz interrumpió sus pensamientos.

– Abuelo… Oye, ¿es verdad que antes aquí hacía sol en junio?

– Sí. Y hasta calor.- Sonrió recordando todas aquellas tardes caminando por el paseo que bordeaba las playas, con un café en vaso de cartón en las manos.- Y hasta calor, sí…

– Y ¿qué pasó?- El niño le miraba con los ojos bien abiertos,esperando una de esas historias que tanto le gustaban. El abuelo respiró, aguantó el aire unos segundo en sus pulmones y lo soltó despacio.

– Que qué pasó…- Negó con la cabeza.- Buena pregunta. Pasó que nos volvimos codiciosos. Pasó que lo queríamos todo y lo queríamos ya. Pasó que nos cargamos el mundo en el que vivíamos. Y pasó que el mundo se vengó. Y nos robó dos estaciones: la primavera y el verano. El primer año ya contábamos un chiste.

– ¿Cual?

– Decíamos que en la Ciudad Dormida había cuatro estaciones: Otoño, invierno, Atocha y Amara. Y nos reíamos. No teníamos ni idea de lo que vino después…

– ¿Qué pasó después?

– Aquel invierno duró algo más de siete meses… Tuvimos una semana de verano abrasador, sin primavera, y un otoño de tres meses. Y arrancó el invierno más bestia y largo que puedas imaginar. Y mientras aquí llovía y nevaba todo el día, en otros lugares del mundo el sol lo abrasaba todo. Lo llamaron calentamiento global, pero se equivocaron: fue el comienzo de una nueva glaciación. Todo ocurrió en cuatro años. No nos dimos ni cuenta.- El niño miraba al abuelo con los ojos como platos. El abuelo dibujó recordando, en el otro cristal, la cabellera rizada. Se quedó mirándola unos instantes, intentando ponerle una cara. Sonrió.- No nos dimos cuenta. Y unos años después, nos gastábamos lo que ganábamos en calefacción, para no morir de frío, enriqueciendo a las empresas que se dedicaban a vendernos la energía. Y luego llegó cuando ya no pudimos pagarla e íbamos a los montes a robar leña… Y luego… Luego es todo una historia muy triste… Que no merece la pena que sea contada…

El niño bajó la vista, apesadumbrado; sabía cuando su abuelo no tenía ganas de hablar.

– ¿Es verdad que ir al médico era gratis y había colegio para todos?- Al abuelo le sorprendió la pregunta.

– No exactamente, pero sí, más o menos… Pero esa historia te la contaré otro día que me encuentre con más fuerzas… Será una historia fantástica, aunque te aviso de una cosa…

– ¿Cual?

– Todos los personajes son malos…

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