Hola, pequeño ladrón de sueños…

Al menos no llueve, aunque por tu culpa no llego a disfrutar de este sol débil que se cuela errático entre las nubes, bastante más oscuras de lo previsto. Ulia, mi monte, el que veo a apenas veinte metros de la ventana de mi estudio, se viste este año de un verde rabioso; mucha lluvia… Mucha… Demasiada…

Cuando comienza todo, me encuentro metido en la organización de un famoso concurso televisivo, en el que una veintena de participantes se va a Argentina a pasar hambre, frío y penurias. Ando diseñando algunas de las pruebas con unos compañeros (se ve que alguien se ha dado cuenta de lo maquiavélicas que pueden ser mis ideas) cuando aparece mi madre, que me dice:

– Te está esperando.- La miro extrañado. No espero a nadie; sólo al grupo de concursantes, a nadie más.

– ¿Quién?

– Ella.

Ella. No sé a quién se refiere, pero me levanto de la gran mesa redonda llena de planos y esquemas; pido a mis compañeros que sigan sin mi y me dirijo a… No sé… No me ha dicho donde se encontraba quien sea que es “ella”. Me cruzo con un montón de personas que llevan puertas y diversas estructuras, y allí, cerca de la entrada, bajo el arco de piedra de la puerta de la casa, está ella; ella no, Ella. Claro. Me sonríe, da una carrera corta y se me abraza. Le devuelvo el abrazo con una sonrisa de oreja a oreja. Hace siglos que no nos vemos.

– ¿Damos un paseo?- Me pregunta.

– Sí, claro.

– ¿Pero puedes ahora? Parece que te pillo trabajando.

– No importa. Luego sigo.

Salimos a la calle. Paseamos bajo la luz del sol, por las calles empedradas de una antigua ciudad que no conozco. Hay tiendas de flores y bombonerías, algún taller de algún luthier, con guitarras a medio montar en el escaparate, un par de librerías… Seguimos caminando, charlando de cualquier cosa. Pero la noto preocupada. Llegamos a la playa, una playa pequeña y estrecha de grava clara que suena fuerte cuando se retira la ola, rodeada de un bello paseo arbolado. Se detiene, me mira a los ojos y me dice:

– Después de tantos años, de todo lo que hemos vivido y… Nunca nos hemos besado.- Sonrío. Nos abrazamos. Me mira a los ojos, seria. Me noto nervioso, desde los dedos de los pies al último de mis escasos cabellos. Le acaricio la mejilla. Acerco mis labios a los suyos, despacio… Se rozan y…

Despertador.

Sí. Despertador. Joder. Mierda. Carajo.

Despertador: ese ladrón de sueños.

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