Lunes, 13:30. El mundo real

– Oye, tienes que ir a correos.

– ¿A correos? ¿Yo? ¿Has comprado algo?

– No. Ha llegado un aviso. Te han mandado algo de Diputación.

– ¿De Diputación? ¿A mi?- Miro el papel de correos. Ninguna pista de qué puede tratarse. Misterio absoluto. Nada bueno, seguro.- ¿Qué puede ser?

– No sé. ¿Una multa?

– ¿Una multa? ¿Para mi? Lo dudo. Por exceso de velocidad seguro que no es… Como no me haya pillado el coche ese que tienen los de tráfico para aumentar la recaudación haciendo algo que ellos hayan considerado raro… Pero no creo… No recuerdo nada…

– Bueno, pásate mañana por correos y lo sabrás…

– Ya… ¿Diputación gestiona lo de tráfico?

– ¿A mi me preguntas?

– Sí, también…

Martes, 12:00. Oficina de correos. El lejano Oeste.

El sol cae a plomo desde lo alto. Ni una sóla nube surca el cielo; tan sólo un par de buitres que trazan círculos perfectos. La calle desierta, polvorienta; un par de bolas de paja la cruzan empujadas por el viento, que crea breves remolinos de arena. En las casas de madera todas las contraventanas están cerradas, aunque se adivinan ojos asustados tras ellas. Un perro flaco yace tumbado a la sombra, respirando pesadamente. Sólo se escucha el zumbido de las moscas en algún lugar y el leve oscilar de las puertas de la oficina de correos. Salgo de entre las sombras a la luz, me ajusto el sombrero y miro a derecha e izquierda antes de cruzar. Escupo al suelo una cosa negra de tabaco mascado. Cruzo, empujo la puerta y entro.

La oscuridad me ciega. Un par de segundos más tarde miro alrededor: nadie a mi lado del mostrador. Al otro, dos personas, vestidas igual: pantalón vaquero, altas botas con espuelas, cinturón de balas y un Colt en cada cadera. Cuatro ojos azules que me miran fijamente, barbas cerradas de tres días, manos en tensión a media altura, estudiando cada uno de mis movimientos. Avanzo despacio y, lentamente, dejo sobre el mostrador el aviso del día anterior.

– Hola, buenos días. Me ha llegado esto.- Digo con voz grave. Me ajusto el sombrero, con cara seria. Entrego el papel. Me miran de arriba a abajo: realmente voy vestido de ciclista, con casco, gafas de sol, guantes de esos sin dedos (mitones, creo que los llaman, aunque no apostaría nada de valor) y discretos ropajes, como los de todos los ciclistas: maillot ultra-ajustado, camiseta ultra-ajustada-marca-michelines, calcetines de esos que para poder verlos necesitas las gafas de sol antes mencionadas y deportivas a juego. Se levanta uno, el más joven.

– Espere aquí.- Tuerce el gesto, se gira despacio y desaparece tras una puerta. Miro alrededor; viejos carteles cuelgan abandonados de las paredes cubiertas de polvo. El compañero del que se ha ido me mira desde debajo del sombrero con el ceño fruncido, las botas sobre la mesa y una hoja de hierba entre los labios. El joven vuelve a los tres minutos con un sobre en la mano.- Firme aquí.- Firmo.

– Vale. Muchas gracias.- El silencio por respuesta, y un par de miradas intimidadoras. Salgo, hacia atrás, despacio, paso a paso, la mano al lado de la cadera derecha, por si acaso, no sea que la cosa se tuerza y comiencen a disparar. Con algunos funcionarios uno nunca sabe. Salgo a la calle.

El tráfico ha recobrado su rutina habitual: el atasco generalizado que siempre hay en esta calle. La gente camina, unos apresurados, otros no, unos de compras, otros de paseo, alguno trabajando… Abro el sobre. Leo el contenido. No entiendo nada. Lo releo. Sigo sin entender nada. Compruebo el idioma. Euskara y castellano. Vuelvo a leer, fijándome. Entiendo las palabras sueltas, luego el idioma es correcto. No entiendo el contenido. ¿Declaración de IVA? ¿Alta en Actividades Económicas? ¿Ultimo IAE? Ajá. Rebusco en mi cerebro… Toda la vida trabajando por cuenta ajena… Mmm… Algún error hay… O no… Igual en alguna noche insomne he creado una empresa y me estoy forrando sin saberlo… O arruinando… Mierda… Me voy a andar en bici. De mala leche. Ya me han jodido el…

Miércoles. 10.00. Hacienda Foral. El oráculo.

Aparco mi bici vieja, ese hierro oxidado que uso para los recados y con el que he recorrido casi toda la piel de toro, en una de las calles céntricas de la Ciudad Dormida. Frente al hotel más glamuroso de la ciudad (y a cuyas puertas los autóctonos dan o damos (lo dudo) muestra de nuestro paletismo habitual cuando llega algún famoso) se encuentran todas las Haciendas juntas: la nacional, la regional, la municipal y el resto (igual monto una, a ver si rasco algo). Cruzo la calle, miro con recelo la puerta, cojo aire y me dispongo a enfrentarme con el oráculo que decidirá si mis próximos días serán un infierno burocrático o no.

Abro la puerta. El viento frío de la montaña me golpea como un puño dejándome sin aliento. Un remolino de nieve revuelve mis cabellos. Me sujeto fuerte la piel de oso que abriga mi cuerpo, ayudándome del bastón de madera para mantener el equilibrio. Unos cientos de metros por delante veo una pequeña fogata. Me encamino en esa dirección.

Al aproximarme veo un arco de piedra en la mitad de la nada, junto a un guardia vestido de toga morada con una puntiaguda capucha negra que no deja ver su rostro, en posición de firmes al lado de la hoguera. Va armado con una espada y una pequeña ballesta. Me mira.

– No puedes pasar bajo el arco de los dioses portando objetos de metal.- Su voz suena grave, ligeramente cavernosa. Rebusco entre mis ropajes y le entrego el pequeño cuchillo que llevo y que habitualmente utilizo para pelar la fruta; soy un hombre de paz, nunca llevo armas.

– Estoy listo para pasar la prueba.

– Recuerda que si cruzas con algo metálico las sirenas del infierno comenzarán a aullar.- El viento agita su toga y hace bailar las llamas, lo que da a la escena una imagen siniestra.- Poca gente resiste, y los que lo logran tienen que volver a pasar.

– Estoy preparado.

Tengo el corazón en un puño. Avanzo despacio hacia el arco. La nieve se compacta y cruje bajo mis botas. Miro hacia arriba; un relámpago silencioso refulge en la noche oscura, aviso de la tormenta que se aproxima. Cruzo el arco. No pasa nada.

– Bien. Los dioses te han considerado apto para consultar el oráculo. Cuando termines, si sobrevives, puedes volver y recoger tu navaja.- Me mira con solemnidad y agacha la cabeza. En ese momento parece convertirse en piedra. La hoguera pierde su luz.

Sigo avanzando, en medio de la tormenta, que ha arreciado en los ultimos minutos. Apenas consigo ver nada, pero creo vislumbrar, a lo lejos, un ligero centelleo. Voy hacia allí como buenamente puedo. Llego a una cueva, aterido de frio. Del interior surge una luz débil. Avanzo temeroso: estoy en el interior de la cueva del Oráculo; puedo encontrarme cualquier cosa, enfrentarme a cualquier prueba… Mi vida pende de un hilo.

– ¿Qué deseas, joven?- Una voz rasgada de mujer mayor llega desde la oscuridad.

– Recibí una notificación vuestra, oh, Oráculo. Y vengo a postrarme ante vuestros deseos.- Me arrodillo frente al fuego, con la frente contra el suelo.

– Una notificación… Una notificación…- Sonido de pies que se arrastran y llegan a mi lado. Alargo el brazo sin levantar la cabeza, con el pergamino en la mano.- A ver…- Los pies se alejan. Pasan unos segundos que parecen años.- Parece ser que has querido comerciar por tu cuenta… Ay, pequeño diablo… Que desde aquí lo veo todo, insensato…

– ¿Por mi cuenta?- Me sorprendo.- Nunca se me ocurriría. Ya tengo un amo y señor. No se me ocurriría traicionarlo haciendo algo a sus espaldas.

– ¿Seguro?- Noto que no se fía de mi.- Voy a comprobarlo.- La bola de cristal que hay sobre la mesa comienza a brillar. Aparecen un montón de imágenes que no consigo distinguir desde mi incómoda postura.

– Seguro.- Me aventuro a decir.- Llevo más de quince años con el mismo amo. Y el poco tiempo que me queda se lo dedico a los míos.

– La bola de cristal dice que has montado una cerrajería. Y ya sabes que por eso hay que tributar.

– Sí, lo sé, oh, mi señora… Pero le juro por lo más sagrado que no tengo esa cerrajería.- Dos cuervos enormes se posan sobre la mesa, uno a cada lado de la bola. Me miran sonriendo, pensando en mis ojos. Un escalofrío me recorre la columna: sé que soy inocente pero, en el oráculo, eso no es ninguna garantía.

– Tal vez sea un error. Pareces un buen chico, aunque…- Me mira a los ojos y se sienta delante mío, con las piernas cruzadas en la posición del loto. Echa la cabeza hacia atrás y empieza a balbucear palabras que no distingo. Los cuervos saltan de la mesa y se sitúan a mi lado, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Todo comienza a temblar: el suelo vibra, las paredes parecen resquebrajarse… Y de pronto todo se detiene. Los cuervos bajan tristes la cabeza y se alejan, caminando apesadumbrados. Ella se alza despacio y me ofrece una mano para que me levante. Tengo las rodillas entumecidas y me cuesta un poco.

– ¿Que ha pasado?- Pregunto.

– Nada de tu incumbencia, pequeño mortal… Efectivamente, eres inocente.- Saca una aguja fina, me coje la mano y me pincha en el índice. Brota una gota de sangre que vierte sobre el pergamino. Saca un sello y lo aprieta sobre la gota. Me devuelve el pergamino.- Guárdalo. Si vuelven a llamarte a mi presencia, muéstrales esto y te dejarán tranquilo. Puedes irte.

Me alejo despacio, todavía trastornado por la experiencia. Me dirijo hacia el guarda del arco de piedra, que me devuelve mi pequeño cuchillo y salgo, sin cruzar por debajo del arco.

Ya en la calle, descando mi bicicleta y miro el papel (ya no pergamino). Por un error de DNI cometido por alguien casi me toca hacer declaración de IVA. Y una mañana perdida… Bueno…

Al menos tengo una historia…

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