Ocho horas de infierno hasta cruzar la puerta antes roja rumbo a la libertad: así se sucedían últimamente los días, uno tras otro, sin variación alguna. Al abrir los ojos al amanecer, el cuerpo pesaba más; se negaba a moverse para eso, para recorrer los apenas seis kilómetros que le separaban de aquella maldita puerta, hoy de madera pesada.

Pero aquel día era diferente; lucía el sol y hacía calor. Y, al cruzar el umbral maldito, el movil vibró. Sonrió al leer el mensaje y contestó un “tengo libro… Te esperaré leyendo junto al muro de piedra”. Y hacia allí fue. Se sentó, efectivamente, junto al muro de piedra, a la sombra, y sacó el mismo libro que comprara estando con ella justo un año atrás, cuando la vida apuntaba cosas muy diferentes. Aquella vez también habían estado junto a un muro de piedra, pero leyendo los dos, en silencio. Colocó el libro a su lado y paseó la vista por la plaza: en los columpios jugaban unos niños, riendo felices, mientras las madres les vigilaban sentadas en los bancos que había alrededor; en el otro lado, nadie hacía cola para entrar en el museo, aunque de tanto en tanto alguien salía de dentro. Y en frente, el cine abría sus puertas y una pareja de ancianos las cruzaba. Cogió el libro, “El haiku de las palabras perdidas”, lo abrió por el marcador, leyó un párrafo y volvió a cerrarlo. No apetecía leer: apetecía esperar y ser consciente del tiempo.

Y luego llegó ella… Y se repitió el ritual: abrazo sincero, de esos que ponen la piel de gallina, atravesar unas calles para llegar a Pantxito, donde coger el café para el Café – Paseo, y paseo hasta el mejor banco de la ciudad, donde sentarse ante unas magníficas vistas y seguir charlando. Después, otro abrazo y esperar hasta la siguiente vez…

Más tarde, él cruzaba parte de la provincia sobre su moto, rumbo al local de ensayo, agradeciendo aquella feliz coincidencia de hace ya tantos años…

Abrazo y medio;-)

Ah, y …

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