La escena me arrancó una sonrisa; no pude evitar verme reflejado en aquel crío que apenas tendría seis, siete u ocho años… Verme como fui hace mucho, mucho tiempo… Otro crío soñador, enamorado…

El lugar: un parque en una ciudad lejana, la Ciudad de las Paredes Oscuras (otra más para añadir a mi larga lista de ciudades)… El momento: un festival de verano, donde unos cuantos grupos desconocidos de diferente calado representaban sus trabajos sobre un magnífico escenario al aire libre, un día de verano que se disfrazó de primavera; soleado pero sin calor, luminoso… Miles de personas asistían al evento; unas paseaban, deteniéndose unos minutos delante de cada escenario improvisado, otros estaban tumbados sobre el cesped, compartiendo sandwich y cerveza y otros, como nosotros, en el escenario central.

En un momento dado salieron a escena un grupo de jóvenes chinas, que hicieron una muy buena actuación. Delante mío, cuatro niños, tres chicos y una chica; la chica rubia, de aspecto risueño. Los chicos, uno algo mayor y los otros dos despistados. Los cuatro viendo el espectáculo con una sonrisa. La niña dice algo, el mayor yergue la espalda, orgullosísimo de que le haya pedido lo que sea, abre su mochila, saca unos prismáticos pequeños, o una diminuta cámara de fotos y se la entrega con adoración. Ella lo coje y se olvida de él, pero él no se da cuenta… La mira fijamente, desde atrás, con aire soñador, orgulloso, la espalda todavía tensa y estirada y se gira hasta el punto de que su brazo se quede apoyado contra la espalda de ella, aunque la postura no sea natural… Y entonces sonríe…

Y yo sonrío, asintiendo… Pobre… Tan joven…

Lo siento, chico…

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